¿Habrá algún joven que conozca a Andrea Camilleri? Si no, aquí empieza la historia.

23.11.2025
Foto: Revista Dossier
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En tiempos donde el algoritmo decide lo que vemos y la inmediatez devora la memoria, vale preguntarse qué lugar ocupa hoy Andrea Camilleri, uno de los narradores más potentes del siglo XX y padre del inspector Salvo Montalbano. Esta columna propone un viaje a Sicilia, a la lengua mestiza que inventó un nuevo territorio literario, y al legado de un escritor que entendió a la sociedad mejor que muchos políticos.

El olvido súbito y la sospecha incómoda

Hay escritores que parecen condenados a desaparecer apenas baja la espuma mediática. Andrea Camilleri murió en 2019, pero podría decirse que para una parte importante de las nuevas generaciones murió mucho antes, cuando dejó de ser tendencia, cuando el streaming decidió inundar las pantallas de antihéroes urbanos y dejó a un costado a aquel comisario siciliano que resolvía crímenes entre platos de mariscos, discusiones políticas y malhumores profundamente humanos.

La pregunta es casi provocadora, pero necesaria:

¿Cuántos jóvenes conocen hoy a Andrea Camilleri?

La literatura tiene sus ciclos, pero también tiene sus injusticias. Camilleri escribió casi hasta el último día de su vida, dictando novelas cuando la ceguera ya no le permitía escribir. Publicó más de cien obras, fue leído en todo el mundo, adaptado a televisión, analizado en universidades y celebrado como uno de los grandes renovadores de la novela policial mediterránea. ¿Cómo es posible, entonces, que su nombre empiece a diluirse en la memoria cultural reciente?

Quizás la respuesta esté en el ritmo acelerado con el que hoy se consumen historias. Quizás sea un síntoma de algo más profundo: la desconexión creciente con la literatura que habla de territorios, de lenguajes, de identidad. O quizás, simplemente, sea que nadie le dijo a los jóvenes que Camilleri no es un autor para viejos: es un autor para gente curiosa.

Y por eso vale volver a él.

 El artesano de Porto Empedocle

Andrea Camilleri nació en Porto Empedocle, una ciudad humilde de Sicilia que, como buena parte de la isla, quedó marcada por la mezcla de culturas, invasiones, supersticiones, silencios y pequeñas resistencias cotidianas que componen la identidad siciliana. Y Camilleri, desde muy joven, aprendió a mirar ese mundo con una sensibilidad muy particular: ni idealista ni complaciente. Su mirada tenía la crudeza del realismo y, al mismo tiempo, un humor casi insolente.

Antes de ser novelista fue director teatral, guionista, hombre de televisión pública. Recién a los 53 años publicó su primera novela. No es un dato menor: Camilleri es el ejemplo perfecto de que la madurez también puede ser revolucionaria.

Su escritura nació cuando ya había vivido suficiente como para no escribir desde la urgencia, sino desde la experiencia. Esa mezcla de artesano tardío y observador minucioso explica, en parte, la profundidad de sus mundos narrativos.

Pero el verdadero golpe de genialidad vino después.

 El nacimiento de Montalbano: un comisario con alma de hombre común

En 1994 aparece "La forma del agua", la primera novela protagonizada por Salvo Montalbano, un comisario que le debe su nombre al escritor español Manuel Vázquez Montalbán, una referencia explícita a la tradición del policial crítico y político.

Montalbano no era un héroe perfecto, ni un detective de laboratorio, ni un iluminado. Era un hombre.

Con virtudes y defectos. Con rabias y ternuras. Con dudas morales. Con un apego casi religioso por la buena comida y con una incapacidad crónica para manejar sus relaciones afectivas.

Y esa humanidad, tan terrenal y tan siciliana, lo convirtió en un fenómeno.

Camilleri entendió algo que hoy muchos guionistas olvidan: el verdadero misterio no está en quién mató a quién, sino en por qué los seres humanos hacen lo que hacen.

Por eso sus novelas policiales son, en realidad, novelas sociales.

La mafia está ahí, pero no es folclórica. La religión está ahí, pero no es devoción. El Estado está ahí, pero casi siempre como maquinaria torpe. Y las personas están en primer plano: con sus miserias, sus deseos, sus secretos.

A Camilleri le interesaban las contradicciones, no las conclusiones.

Un idioma que no existe, pero que todos entendemos

Uno de los rasgos más sorprendentes de Camilleri es su invención lingüística.

No escribió en italiano puro. Tampoco en dialecto siciliano. Escribió en una mezcla híbrida, única, que se convirtió en marca de identidad: una lengua que no existe formalmente, pero que suena tan natural como cualquier conversación de la calle en Sicilia.

Ese idioma literario propio fue, al mismo tiempo, una puerta y una barrera.

Muchos lectores crecieron fascinados por esa sonoridad mediterránea. Otros sintieron que estaban frente a un idioma extranjero dentro de otro idioma. Pero eso era justamente lo que Camilleri buscaba: que la lengua transmitiera la textura de un territorio, que no se pudiera separar forma de contenido.

Leer a Camilleri es escuchar a Sicilia.

Y eso no es sencillo para las generaciones que se formaron en la cultura globalizada donde todo debe sonar reconocible, traducible, universal. Camilleri apostó por lo contrario: por lo irreductible.

Montalbano en la pantalla: el fenómeno que nadie vio venir

El salto audiovisual fue decisivo.

La serie inspirada en sus novelas, protagonizada por Luca Zingaretti, transformó a Montalbano en un icono televisivo. Las casas donde se filmó la serie se convirtieron en destino turístico. Los platos favoritos del comisario —pasta 'ncasciata, triglie, caponata— multiplicaron las búsquedas en internet. Y Sicilia volvió a ser fotografiada como un personaje.

Sin embargo, muchos jóvenes llegaron primero a la serie antes que a los libros… o directamente a ninguno de los dos. El fenómeno existió, pero no garantizó la permanencia en la memoria colectiva.

Los algoritmos decidieron pasar página.

 La política y la justicia: su verdadera obsesión

Quien lea a Camilleri superficialmente creerá que su obra es policial.

Quien lo lea de verdad entenderá que es política.

Camilleri fue un autor profundamente crítico, especialmente hacia el poder. Desconfiaba de los gobiernos, de la burocracia, de los discursos vacíos. Denunció la corrupción, la manipulación mediática, el cinismo. Nunca fue neutral, pero tampoco panfletario. Su verdadera fuerza estaba en la observación.

A través de Montalbano mostró cómo un funcionario puede resistir —como puede, y no siempre con éxito— a un sistema que empuja hacia la deshumanización.

El comisario defiende la verdad, pero sin caer en el moralismo. Se equivoca, se enoja, actúa por impulso. Y justamente por eso es verosímil.

Camilleri entendió que la justicia no es un ideal platónico, sino una batalla cotidiana contra la comodidad, la pereza y el poder.

¿Por qué volver a Camilleri ahora?

Porque en un mundo saturado de historias rápidas, volver a Camilleri es volver a la paciencia.

Porque en un ecosistema donde todo quiere ser universal, él nos recuerda la belleza de lo local.

Porque en una época obsesionada con la perfección, Montalbano nos devuelve la dignidad de ser imperfectos.

Y porque leer a Camilleri hoy es un acto casi contracultural: es elegir un lenguaje propio sobre el lenguaje impuesto, es elegir un escritor que no negoció su estilo, es elegir una literatura que se resiste a ser domesticada.

Quizás muchos jóvenes no lo conozcan.

Pero es difícil olvidar algo que todavía no se ha descubierto.

Y ahí está, entonces, la oportunidad.

Una puerta que se abre

Esta columna no pretende ser un homenaje solemne. Camilleri no lo habría querido.

Él prefería las risas, las ironías, los gestos humanos antes que los monumentos.

Lo que sí pretende es recuperar la memoria de un autor que todavía tiene mucho para decir, aunque el mercado ya no lo empuje a la superficie.

Si un joven que nunca escuchó su nombre llega a estas líneas y siente curiosidad, entonces la pregunta del título habrá servido de algo.

Porque Andrea Camilleri no necesita marketing para sobrevivir.

Necesita lectores.

Les confieso algo: hasta hace poco yo tampoco lo había leído. Pero una vez que lo hice, entendí que hoy, más que nunca, vale la pena tener presente a Camilleri.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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