Ay, William: la novela que trata de la fragilidad humana

02.01.2026
Editorial: Alfaguara
Editorial: Alfaguara
La semana pasada terminé de leer Ay, William, una novela íntima y contenida en la que Elizabeth Strout explora la memoria, el origen y los vínculos que persisten más allá del tiempo y de las rupturas. A través del reencuentro entre Lucy Barton y su exmarido, la autora reflexiona sobre la identidad, la familia y las marcas silenciosas que el pasado sigue dejando en nuestras vidas.

En Ay, William! Elizabeth Strout navega de nuevo las aguas delicadas de la memoria, como quien cruza un río silencioso sin romper la superficie. A partir de un reencuentro aparentemente sencillo entre Lucy Barton y su exmarido William, la autora construye un puente entre los recuerdos y el presente, un hilo invisible que une raíces familiares con ramas que aún tiemblan bajo el viento del tiempo.

Lucy, ya viuda y con la vida aparentemente estable, se encuentra con William cuando él naufraga en su propio pasado. Un secreto sobre su padre, descubierto como un fósil escondido bajo capas de tierra, lo obliga a excavar en la historia que creía firme y a descubrir que su identidad es un árbol cuyos cimientos nunca fueron del todo sólidos. Lucy, en cambio, es un faro tranquilo que ilumina sin empujar, consciente de que los ríos compartidos con William han dejado sedimentos que seguirán moldeando sus cauces emocionales.

Strout dibuja la familia como un jardín silvestre: raíces entrelazadas, algunas quebradas, otras invisibles, y frutos que no siempre caen donde se espera. Las raíces no son refugio seguro, sino mapas secretos que guían a los personajes en un viaje hacia sí mismos. Conocerlas duele, pero también es un acto de reconciliación, como aceptar que la tierra que nos sostiene tiene piedras y raíces que se enredan en los pies.

El estilo narrativo de Strout es como la luz de la mañana: suave, precisa, que cae sobre los pliegues de la vida cotidiana sin estridencias. Cada gesto, cada palabra apenas susurrada, revela la textura de los vínculos humanos. No hay explosiones ni giros espectaculares; la fuerza del relato está en la cadencia de lo cotidiano, en la música de lo mínimo.

La novela también funciona como un espejo del tiempo moderno: identidades fragmentadas, caminos que se bifurcan y memorias que actúan como brújulas. Strout sugiere que nuestras raíces no son cadenas ni llaves; son ríos subterráneos que atraviesan nuestra historia y siguen moldeando nuestra forma de ser.

La relación entre Lucy y William es el corazón latente de la novela. No es un romance convencional, sino un ecosistema emocional donde el tiempo ha dejado huellas y semillas. A pesar de los divorcios y los silencios, su cercanía es un hilo que desafía los nudos del pasado, una demostración de que algunas personas se incrustan en nuestra arquitectura afectiva más allá de cualquier cambio.

Ay, William! es un libro silencioso como un bosque nevado. Cada pregunta permanece flotando en el aire, cada recuerdo es un árbol que proyecta su sombra sobre el presente. Strout nos recuerda que la memoria no es solo un archivo de hechos; es una corriente viva que sigue esculpiendo quiénes somos, y que a veces basta con detenerse a escucharla para comprender la complejidad de nuestras raíces.

Descubrí esta novela urgueteando en una biblioteca, y meses después la encontré en Bookshop. Gracias a la tecnología, la empecé a leer en mi iPad y me fascinó la forma en que Strout escribe, la profundidad de sus personajes y la suavidad de su narrativa. Gracias por leer y acompañarme en este viaje por los recuerdos, las raíces y las emociones que Elizabeth Strout logra despertar en cada página.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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