Columna Anatomía de una historia | 10 de marzo: Mujeres de la ficción y la no ficción

12.03.2026

Por El porqué de las cosas

Radio América AM 1450

Montevideo, martes 12 de marzo de 2026

Marzo suele ser un mes que invita a mirar algunas cosas con más atención. El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, vuelve a instalar preguntas sobre la representación, los derechos y también sobre las historias que contamos como sociedad. No solo las que aparecen en los libros o en las películas, sino también las que se narran cuando hablamos de hechos reales.

Porque lo que imaginamos en la ficción y lo que ocurre en la vida cotidiana muchas veces se conectan más de lo que parece.

En el mundo del cine y las series existe una herramienta bastante conocida para pensar cómo aparecen las mujeres en las historias. Es el llamado Test de Bechdel, que surgió en los años ochenta en una tira de la caricaturista Alison Bechdel. En esa historieta, dos mujeres conversan sobre películas y una le dice a la otra que solo mira aquellas que cumplen tres condiciones: que haya al menos dos mujeres con nombre, que hablen entre ellas y que esa conversación no sea sobre un hombre.

Es un criterio mínimo, casi básico. Y sin embargo muchas películas todavía no lo pasan.

Incluso producciones muy exitosas. Un ejemplo reciente es Oppenheimer, la película dirigida por Christopher Nolan que fue uno de los grandes fenómenos del cine en los últimos años. La película ganó premios, tuvo una enorme recaudación y fue muy comentada. Pero aun así no logra cumplir con esas tres condiciones tan simples.

En la historia, las mujeres aparecen sobre todo como esposas o amantes del protagonista. Lo llamativo es que varias investigaciones periodísticas señalaron que en el Proyecto Manhattan, el programa que desarrolló la bomba atómica, trabajaron también muchas científicas que prácticamente no aparecen en la película.

De todos modos, el Test de Bechdel no sirve para decir si una película es buena o mala, ni si es feminista. Lo que permite ver es algo más simple: si las mujeres existen dentro de la historia como personajes con vida propia o si su presencia está definida únicamente en relación con un hombre.

Con el tiempo aparecieron otras formas de mirar estas narrativas. Una de ellas es el llamado Test de la Pitufina, que describe algo bastante común: un grupo de personajes masculinos en el que aparece una única mujer. Esa mujer no tiene demasiada profundidad ni desarrollo propio; está ahí simplemente para completar el grupo.

También está el Test de Mako Mori, que plantea otra pregunta: si al menos una mujer tiene un arco narrativo propio, una historia que no dependa de la evolución de un personaje masculino.

Estos criterios no solucionan el problema, pero ayudan a detectar algo que durante mucho tiempo se naturalizó: la falta de personajes femeninos complejos en muchas historias de ficción.

Cuando se pasa de la ficción a la no ficción, el tema se vuelve más difícil. Allí ya no hablamos de personajes inventados, sino de personas reales y de historias atravesadas por la violencia.

Disponible en plataformas 

Un ejemplo es Chicas muertas, el libro de la escritora argentina Selva Almada. En ese libro se reconstruyen tres femicidios ocurridos en la Argentina durante los años ochenta. No es una novela policial ni un thriller. Es una crónica que avanza entre expedientes judiciales, testimonios, recuerdos y también muchos silencios.

En los pueblos pequeños, el rumor suele ocupar un lugar importante. Las historias se cuentan y se reinterpretan en conversaciones cotidianas. Muchas veces esas versiones terminan poniendo el foco no en el agresor, sino en la víctima.

Aparecen entonces preguntas que se repiten una y otra vez: si la joven salía mucho, si tenía novio, con quién se relacionaba, qué hacía en determinados lugares. Detrás de esas preguntas aparece una idea incómoda: la de la "buena víctima". Aquella que no incomoda, que no desafía ciertas normas sociales y cuya conducta parece encajar dentro de lo esperado.

El libro de Almada intenta ir por otro camino. En lugar de reducir a esas jóvenes a una etiqueta, intenta reconstruir quiénes eran realmente. Muestra que tenían deseos, contradicciones, proyectos y una vida propia que muchas veces quedó opacada por la forma en que se narraron los hechos.

En ese punto también aparece el rol de la prensa. La manera en que se cuentan estas historias, los detalles que se destacan y los que se dejan de lado, también forman parte de la construcción del relato público. A veces, incluso sin intención, ciertas formas de narrar pueden terminar reproduciendo la misma mirada que se intenta cuestionar.

Por eso mirar estas historias con un poco más de atención puede ser útil. En la ficción, porque las representaciones ayudan a construir imaginarios sobre lo que es posible o normal. En la no ficción, porque la forma en que se cuentan los hechos influye en cómo una sociedad entiende la violencia y a quienes la sufren.

Tal vez marzo sea una buena excusa para hacerse algunas preguntas. No solo sobre las historias que vemos o leemos, sino también sobre las que todavía no estamos contando. Porque lo que aparece en los relatos, y lo que queda afuera, también dice mucho sobre la sociedad en la que vivimos.


Giorgina Cerutti 



• Traductora pública de inglés por la Universidad de la República

• Doctora en Traductología por la Universidad de Ginebra

• Magíster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra

• Autora de la novela Cruzar (2025), publicada por Planeta (sello Emecé)


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