Desde los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes hasta San Valentín

13.02.2026
Editorial: Siglo veintiuno editores
Editorial: Siglo veintiuno editores
Mucho antes de los chats, los audios y los emojis, Roland Barthes advirtió que el amor no se expresa en relatos continuos sino en escenas dispersas, frases sueltas y silencios cargados de sentido. Décadas después, la vida afectiva contemporánea parece confirmar aquella intuición. En la semana de San Valentín, una reflexión sobre cómo hablamos cuando amamos.

Mucho antes de que el amor se deslizara por pantallas táctiles, Roland Barthes ya había puesto el oído en su respiración irregular. En Fragmentos de un discurso amoroso, el pensador francés desarmó la idea del amor como narración ordenada y propuso una mirada menos solemne y más incómoda: el enamorado no habla en discursos completos. Habla en fragmentos.

No se trataba de una licencia poética. Barthes observaba que la experiencia amorosa rara vez avanza como un argumento lineal. El sujeto enamorado irrumpe, vacila, repite, exagera, calla. Vive atrapado en estados emocionales que no se organizan como historia, sino como sucesión de escenas: la espera, los celos, la incertidumbre, la euforia, el miedo a perder.

Décadas después, basta mirar cualquier intercambio cotidiano para sentir que algo de esa lectura se volvió paisaje.

El amor circula hoy en frases breves, mensajes entrecortados, gestos mínimos que, para quienes los intercambian, contienen mucho más de lo que aparentan. No hay introducciones largas ni cierres definitivos. Hay irrupciones pequeñas.

Un "¿llegaste?".

Un "avisame cuando puedas".

Un corazón rojo enviado sin texto.

Un audio grabado caminando.

Nada parece grandilocuente. Sin embargo, todo está cargado.

El sentimiento persiste, pero su forma cambió. Tal vez porque cambió la vida misma. Jornadas partidas por notificaciones, conversaciones simultáneas, tiempos comprimidos. El lenguaje cotidiano se volvió más breve, más funcional, más rápido. Y el amor, lejos de resistirse, encontró allí una nueva manera de decirse.

Barthes entendía algo esencial: el amor no es solo emoción, es también lenguaje. Amar implica entrar en una zona donde las palabras nunca alcanzan del todo, pero aun así se insiste. Se busca la frase justa, se ensaya, se duda, se corrige.

Porque el amor, en buena medida, es esa tentativa permanente.

Durante mucho tiempo, la cultura romántica sostuvo otra ficción tranquilizadora: amar exigía decirlo todo. Declarar, confesar, formular con claridad aquello que se sentía. Las grandes frases parecían garantizar la autenticidad del vínculo.

Pero la experiencia real rara vez responde a esa lógica limpia. El amor duda, se contradice, se arrepiente. A veces dice demasiado. A veces calla cuando debería hablar. Empieza una frase y la abandona. Se inquieta por lo dicho y por lo no dicho.

No avanza como argumento. Oscila como emoción.

Hoy, esa oscilación ya no se esconde detrás del artificio del discurso largo. Se vuelve visible en la forma misma de nuestras conversaciones. El intercambio afectivo se parece menos a una carta solemne y más a una sucesión de señales.

Pequeñas, rápidas, discontinuas.

"¿Comiste?"

"¿Cómo te fue?"

"Descansá un poco."

Frases que, leídas desde afuera, podrían sonar triviales. Pero dentro del vínculo funcionan como gestos de cuidado, como formas discretas de presencia. No informan. Acompañan.

Allí el lenguaje deja de ser meramente práctico y se vuelve afectivo.

El fragmento, entonces, no es pobreza. Es condensación.

Una economía emocional donde una palabra justa puede pesar más que un párrafo entero. Donde un mensaje inesperado irrumpe en medio del día y altera, aunque sea levemente, la textura de la jornada. Donde el amor se infiltra en la rutina sin necesidad de solemnidad.

Las tecnologías no inventaron esta lógica, pero la hicieron imposible de ignorar. Nunca antes un silencio había tenido tanta presencia concreta. No responder ya no es simplemente no responder. Es un hecho visible, medible, interpretable.

El mensaje fue leído.

No hubo respuesta.

Entre esos dos acontecimientos se abre un territorio fértil para la imaginación. ¿No contestó porque no pudo? ¿Porque no quiso? ¿Porque está pensando qué decir? ¿Porque algo cambió?

En el amor digital, el silencio dejó de ser vacío. Se volvió mensaje ambiguo.

Barthes hablaba de la espera como una de las escenas centrales del enamorado. Esa suspensión del tiempo en la que todo parece girar alrededor de una respuesta que no llega. Hoy esa escena se repite millones de veces al día, iluminada por una pantalla.

La conexión permanente no eliminó la ausencia. La transformó.

El otro puede estar en línea y, sin embargo, distante. Presente en la interfaz, inaccesible en la experiencia. Nunca la paradoja fue tan cotidiana.

También aparecieron nuevas sutilezas. Un punto final que suena seco. Un "ok" que parece frío. Un emoji que suaviza lo que el texto endurece. Una foto compartida que funciona como declaración implícita.

Se configuró, casi sin manual, una gramática emocional contemporánea.

El corazón rojo ya no es solo símbolo. Es gesto.

El audio ya no es solo formato. Es proximidad.

El visto ya no es solo confirmación técnica. Es estado afectivo.

Y, sin embargo, en medio de toda esta renovación de códigos, algo esencial permanece intacto: seguimos necesitando que el otro nos lea más allá de las palabras.

Seguimos esperando que entienda lo que no terminamos de decir.

Seguimos temiendo decir demasiado.

Seguimos temiendo decir demasiado poco.

La fragilidad del discurso amoroso no desapareció. Cambió de escenario.

Quizás por eso los grandes discursos resultan hoy cada vez más sospechosos. Demasiado enfáticos. Demasiado seguros. Demasiado cerrados en un terreno que, en la experiencia cotidiana, suele estar atravesado por la ambigüedad.

El fragmento, en cambio, admite la duda. Permite decir sin clausurar. Sugiere sin petrificar la emoción en una frase definitiva.

Hay algo profundamente contemporáneo —y profundamente humano— en esa forma tentativa del decir.

Cada San Valentín, el calendario propone una interrupción simbólica. Como si por un día el amor debiera abandonar su tono disperso y adoptar una forma más visible. Más declarativa. Más escénica.

Aparecen flores, regalos, cenas, publicaciones. Mensajes más largos de lo habitual. Fotografías cuidadosamente elegidas. De pronto, el amor parece convocado a decirse en voz alta.

Para algunos, la fecha es celebración genuina. Para otros, presión incómoda. Para muchos, apenas una excusa amable.

Pero más allá de la valoración personal, San Valentín ilumina una tensión que atraviesa los vínculos actuales: la distancia entre la experiencia íntima y su representación pública.

¿Qué se muestra?

¿Qué se calla?

¿Qué significa no publicar nada ese día?

En tiempos de exposición permanente, el amor también queda atravesado por la lógica de la visibilidad. El gesto privado puede convertirse en contenido. La emoción, en imagen. La relación, en relato hacia afuera.

Y allí aparece otra incomodidad silenciosa.

El amor real rara vez coincide del todo con su versión festiva. Convive con el cansancio, con las dudas, con las conversaciones pendientes, con los silencios largos que ninguna tarjeta puede resolver. Convive, también, con la normalidad.




Quizás lo más honesto del amor contemporáneo sea justamente eso: su resistencia a la forma cerrada. Su condición de texto en permanente borrador. Nunca terminado. Nunca del todo dicho.

Como los mensajes guardados sin enviar.

Como las frases que se ensayan mentalmente.

Como aquello que se siente y no encuentra traducción inmediata.

Barthes entendía que el discurso amoroso está atravesado por el temblor. Amar implica exponerse al riesgo del malentendido, del exceso, del ridículo, del rechazo. Ninguna tecnología anuló ese vértigo.

Solo lo volvió más cotidiano.

En tiempos que privilegian la rapidez, el amor sigue recordándonos algo profundamente humano: no todo puede decirse fácil, ni rápido, ni de una sola vez.

A veces alcanza con un gesto mínimo.

A veces ni mil palabras bastan.

Y entre ambos extremos, en esa oscilación inevitable, el amor continúa buscando su forma. Tal como siempre lo hizo.

En frases breves.

En silencios densos.

En fragmentos.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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