Educación uruguaya: promesas, paros y la caverna que ya no tiene salida

16.11.2025
Los gobiernos prometen reformas que nunca llegan, los sindicatos anuncian paros como si fueran estados del tiempo y la sociedad observa cómo el sistema educativo se desgasta entre discursos épicos y resultados modestos. Platón soñaba con liberar al ser humano de la ignorancia; Aristóteles quería formar la virtud. En Uruguay, seguimos discutiendo porcentajes mientras la escuela espera.

La educación en Uruguay mantiene una peculiar cualidad: todos aseguran defenderla, pero nadie parece capaz de moverla un centímetro. Es como si fuera una pieza de museo que todos cuidan, admiran y fotografían, pero que nadie se atreve a restaurar. Los gobiernos anuncian reformas que suenan profundas, ambiciosas, transformadoras. Los sindicatos responden que todo cambio amenaza la educación pública, que es mejor parar, resistir, advertir. Los ciudadanos miran el calendario escolar como quien mira la bolsa de valores: siempre puede suceder algo que cambie todo de un día para el otro.

El debate es tan repetido que parece tener guion propio. Llega marzo, empiezan las clases. A los pocos días, falta presupuesto, falta personal, falta infraestructura. Aparece el reclamo salarial, vuelve el 6% del PBI, surgen las asambleas. El gobierno responde, se anuncia un paro, se levanta, se amenaza con otro, se negocia algo menor, y la rueda vuelve a girar. Es un ritual tan estable que casi podría enseñarse como contenido curricular: Educación Cívica II: El Ciclo Eterno del Sistema Educativo Uruguayo.

Lo más llamativo es que todos creen tener la verdad. Los gobiernos aseguran que hacen lo máximo posible, que la crisis, que los números, que el déficit. Los sindicatos sostienen que sin recursos y sin participación docente es imposible mejorar nada. Los expertos escriben documentos eternos que casi nadie lee. Y los estudiantes… bueno, los estudiantes simplemente intentan aprender algo entre paro y paro, como quien atraviesa un laberinto con más obstáculos que señalizaciones.

Tal vez por eso conviene recordar que Platón veía la educación como la salida de la caverna: un camino hacia la verdad. Si apareciera hoy en Uruguay, probablemente se sentiría muy cómodo en la oscuridad, porque entre comunicados, negociaciones, discursos cruzados y promesas vacías, encontrar la verdad educativa es más difícil que encontrar una mesa libre en un bar un viernes de noche. Y Aristóteles, tan obsesionado con la virtud y la formación del carácter, observaría nuestros debates sobre cargos, porcentajes y decretos y se preguntaría en qué parte de ese lío se supone que se forma el ciudadano virtuoso.

La ironía es que todo el mundo dice defender "a los estudiantes", pero a la hora de la verdad son los que menos cuentan. Cada decisión, cada paro, cada reforma incompleta, cada promesa incumplida, repercute directamente en sus aprendizajes. Sin embargo, rara vez tienen voz en la discusión. Son como esos personajes secundarios que sostienen la historia pero que nadie menciona cuando se reparten los premios.

El eterno debate presupuestal merece un capítulo aparte. El famoso 6% del PBI se transformó en una especie de mito nacional, como el Yeti o la Atlántida. Todos aseguran haberlo visto alguna vez, pero nadie lo encuentra realmente. Los gobiernos prometen que "ahora sí", los sindicatos exigen que llegue de una vez, la sociedad se pregunta si de verdad existe. Y mientras tanto, la educación sigue funcionando con parches, como un barco que intenta mantenerse a flote con cinta adhesiva.

Pero el problema no es solo el dinero. También es el modelo. La estructura. El miedo a cambiar. Las tensiones entre autonomía y control. Las luchas por quién decide qué. La incapacidad —o la falta de interés— de discutir en serio qué educación necesita Uruguay en pleno siglo XXI. La obsesión por defender posiciones políticas, institucionales o gremiales deja en segundo plano lo esencial: el aula, la relación entre docente y estudiante, el aprendizaje real.

Y así seguimos. Año tras año, discusión tras discusión, promesa tras promesa. Uruguay se enorgullece de su escuela pública, y con razón: fue pionera, igualadora, liberadora. Pero ese orgullo parece haberse convertido en un escudo que impide admitir que hoy el sistema está agotado, fragmentado y necesitado de cambios profundos.

Quizás la salida de la caverna no sea un camino recto ni rápido. Tal vez no haya una reforma mágica que resuelva todos los problemas. Pero lo que sí está claro es que, mientras sigamos discutiendo lo mismo sin avanzar, todo seguirá igual. Y la educación —esa que debería formar ciudadanos críticos, libres y virtuosos— seguirá esperando en silencio, como si estuviera acostumbrada a que Uruguay siempre llegue tarde.

Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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