¿Ejemplo a analizar? Orsi, Bukele y el curioso ejercicio de admirar tormentas ajenas

El presidente uruguayo decidió mencionar a Nayib Bukele como "un ejemplo a analizar", justo al mismo tiempo que el salvadoreño acumula récords en represión, propaganda digital y reinterpretaciones creativas de la Constitución. Una invitación involuntaria o no a revisar qué tan lejos puede ir un país cuando confunde orden con obediencia.
Cuando un presidente habla, a veces informa; otras, inspira; y en ocasiones las más memorables genera un temblor político sin proponérselo. Así fue el caso cuando el presidente Orsi soltó, con la candidez de quien comenta el clima, que Nayib Bukele es "un ejemplo a analizar para Uruguay". No está claro si lo dijo al pasar o si realmente lo pensó antes; quizá sí, quizá no. Pero seguro fue uno de esos comentarios que uno después se pregunta: "¿Lo pensé o lo dije?" Y mientras tanto, desde algún lugar simbólico del firmamento político, el Pepe debe estar murmurando: "¿Qué decís, Yamandú?"
Que un mandatario uruguayo, en pleno siglo XXI, señale a Bukele como referencia no es solo un comentario desafortunado; es una señal de época. Es el síntoma de un continente que, cada vez más fatigado de sus propios problemas, mira hacia soluciones ajenas como quien hojea un catálogo de herramientas milagrosas. Y ahí está Bukele, omnipresente, luminoso, eficaz… y autoritario. Una mezcla que genera fascinación en algunos y urticaria en otros, pero que difícilmente deja a alguien indiferente.
Orsi eligió fijarse en él. Y ese acto, por sí solo, amerita una nota.
La tentación de los atajos
En Uruguay solemos sentir que estamos vacunados contra los excesos. Es parte del relato nacional: acá no pasan esas cosas. Nuestros escándalos son modulares, domésticos, casi íntimos. Un tema de viáticos, un audio filtrado, algún pariente inoportuno. Pero en materia de seguridad, la impaciencia viene creciendo y ese es un terreno fértil para mirar hacia afuera buscando recetas mágicas.
Bukele, en ese sentido, es un "delivery de soluciones rápidas". Promete orden, lo entrega envuelto en métricas perfectas y lo difunde con la estética de un influencer con presupuesto ilimitado. No gobierna: postea. No rinde cuentas: viraliza. Y en un continente saturado de lentitudes, esa hiperactividad seduce incluso a quienes, en teoría, militan lo contrario.
Orsi no elogió a Bukele abiertamente, pero hizo algo más sugerente: dijo que había que analizarlo. Y el verbo analizar tiene una carga peligrosa, porque deja la puerta abierta no a la copia lo cual sería absurdo sino a la inspiración, que es mucho más difusa, flexible y maleable.
¿Qué parte analizamos?
¿El encarcelamiento masivo sin debido proceso?
¿La reforma constitucional autoguiada?
¿El estilo comunicacional que confunde datos con narrativa y narrativa con verdad?
¿La concentración del poder, celebrada como batalla épica contra la corrupción?
Orsi no lo precisó. Y la ambigüedad en política es un arma de doble filo: puede suavizar un golpe, pero también amplificarlo.
Bukele: el personaje y la marca
Si algo ha logrado Bukele es convertir la política en un producto digital. Construyó una marca que no necesita intermediarios: él es el influencer, el conductor, el productor, el camarógrafo y el editor. Su país es un set. Su gobierno, un streaming continuo. Y sus opositores, antagonistas de su propio guion.
Las cadenas nacionales dejaron de ser discursos para transformarse en contenidos. Las medidas represivas, en trailers de acción. Las cárceles, en escenografías que generan más impacto visual que reflexión democrática. Es un líder que entendió antes que nadie que en el siglo XXI no gobierna quien administra, sino quien domina la conversación.
Pero domina algo más: el miedo. Su popularidad no surge únicamente del marketing o de los drones que sobrevolan inauguraciones: se sostiene en la idea de que cualquier cuestionamiento a su modelo equivale a un acto de simpatía con el crimen. Una lógica medieval para problemas contemporáneos.
Decir que es solo un "presidente millennial" como lo definieron algunos medios en sus comienzos, es tan ingenuo como decir que la tormenta es apenas un conjunto de gotas. Bukele es un sistema completo, coherente en su avance y contundente en su propósito: consolidar poder sin los frenos tradicionales.
Eso también forma parte del "ejemplo a analizar".
Uruguay y su espejo distorsionado
Para Uruguay, mirar a Bukele es como mirarse en un espejo de parque de diversiones: lo que vemos es una versión exagerada y deformada de nosotros mismos. Queremos orden, claro. Queremos seguridad, por supuesto. Pero también nos enorgullecemos de tener instituciones que hacen de contrapeso, aunque a veces parezcan lentas como una fila del BROU un lunes a las 8 de la mañana.
En nuestro país, el Parlamento, la justicia, la prensa y la sociedad civil funcionan como amortiguadores de poder. Ese sistema imperfecto —pero indispensable— es lo que previene que un presidente decida, de un día para otro, que tiene derecho a reinterpretar la Constitución porque "el pueblo así lo quiere".
Bukele no gobierna con amortiguadores: gobierna en modo 4x4, pasando por encima de cualquier obstáculo, real o imaginado. Y su discurso es tan efectivo que convierte esas maniobras en un acto de heroísmo.
Cuando Orsi lo menciona como ejemplo, aunque sea en clave analítica, la reacción inmediata es preguntarse: ¿qué parte del modelo salvadoreño le resultó digna de observar?
Porque Uruguay no es un país en guerra con las maras, no tiene un sistema político quebrado ni una crisis institucional terminal. Nuestro problema es otro: la frustración cotidiana, esa sensación de que nada cambia lo suficientemente rápido.
¿Es razonable concluir que necesitamos un líder que opere por shock? Desear eso sería confundir el síntoma con la enfermedad.
El día después de las declaraciones
Tras la mención, Orsi llamó al programa (Fácil desviarse FM 99,5 del Sol). Lo hizo para aclarar, ampliar y matizar la idea de "adhesión y cómo se nos muestra a la política de El Salvador como exitosa", remarcó.
Es una ironía uruguaya casi perfecta: el presidente intentando apagar un incendio con un bidón de nafta. Y lo más paradójico es que, en el fondo, el comentario no revela simpatía por el modelo Bukele, sino algo más simple: ansiedad política. Orsi necesita mostrar que está dispuesto a contemplar soluciones, incluso las incómodas. Quiso mostrarse abierto; terminó pareciendo tentado.
Y es ahí donde la política se vuelve peligrosa: cuando los líderes comienzan a mirar para afuera buscando ejemplos que no calzan con la identidad del país que gobiernan.
La fascinación latinoamericana por los salvadores
Bukele no es un fenómeno aislado. Es la última iteración del eterno personaje latinoamericano: el salvador de turno, ese líder que promete orden, limpieza, eficiencia y una épica nacional. Antes fueron los militares, luego los tecnócratas, después los outsider antipolítica. Hoy son los presidentes con estilo digital y mano dura.
La fórmula siempre vuelve, disfrazada de modernidad. Pero el resultado suele ser el mismo: menos libertad, menos control y mayor concentración de poder.
La fascinación por Bukele surge, en parte, de la nostalgia por lo imposible: un país que resuelve de un plumazo problemas que acá nos llevan décadas. Es comprensible la tentación. Lo que no es comprensible es usar esa tentación como guía.
Uruguay necesita reformas, sí. Necesita modernizar su seguridad, sin duda. Pero también necesita mantener lo que lo hace distinto: su cultura democrática, su equilibrio, su aversión natural a las grandilocuencias autoritarias.
El riesgo de abrir puertas que luego no se cierran
Analizar a Bukele implica revisar algo más profundo: ¿qué estamos dispuestos a tolerar en nombre de la seguridad? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a creer que los derechos son un lujo? ¿Cuánto confiaríamos en un Estado que decide quién merece un juicio y quién merece una celda de por vida sin prueba concreta?
Uruguay, por suerte, tiene una tradición garantista que impide que esos mecanismos se disparen sin debate. Pero la historia demuestra que los atajos autoritarios nunca empiezan como atajos, sino como "excepciones necesarias". Y el peligro no es que Orsi quiera imitarlos: el peligro es que un día, alguien más sí quiera hacerlo.
El análisis no debe centrarse en qué hizo Bukele, sino en qué renunció Bukele para hacerlo. Y si estamos dispuestos, como sociedad, a renunciar a lo mismo.
Analizar está bien, idealizar no
Analizar es saludable. Comparar modelos de seguridad es parte de la responsabilidad de cualquier gobierno. Pero coquetear discursivamente con figuras que basan su éxito en la erosión institucional es una torpeza innecesaria.
Orsi habló con entusiasmo de un ejemplo para estudiar. Pero si de estudiar se trata, el principal aprendizaje de Bukele es justamente lo contrario de lo que suele creerse: no que la mano dura funciona, sino que la democracia puede debilitarse cuando la ansiedad se convierte en brújula.
Uruguay no necesita un Bukele. Necesita fortaleza institucional, liderazgo firme y políticas públicas sostenidas. No espectáculos, no épicas digitales, no shows de seguridad.
Y sobre todo, necesita recordar algo esencial:
El orden que se consigue renunciando a la libertad no es orden, es silencio.
Y los silencios políticos, tarde o temprano, siempre terminan gritando.
Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.

