Entre el pogo y el protocolo

01.02.2026

Fuente: C5N

Dos escenas recientes en Argentina y Uruguay, muy distintas en forma pero similares en intención, muestran cómo la política contemporánea se apoya cada vez más en la puesta en escena. Entre el ruido del espectáculo y la sobriedad del protocolo, el riesgo es confundir visibilidad con gestión.
Hay semanas en las que la política latinoamericana no necesita demasiadas explicaciones. Se entiende sola. Basta con observar las imágenes que circulan, los gestos que se repiten y las frases que quedan flotando. En pocos días, el Río de la Plata ofreció dos escenas que, aunque parecen opuestas, funcionan como una radiografía bastante precisa del clima político actual.
 
De un lado, un presidente argentino que se sube a un escenario, canta, baila, recibe insultos desde la calle y responde con una frase cargada de provocación ideológica: "los estoy haciendo ricos".

 Del otro, un presidente uruguayo que aborda un avión rumbo a China acompañado por una de las delegaciones empresariales más numerosas de los últimos años, con cámaras, saludos protocolares y expectativas económicas cuidadosamente formuladas.

No es una comparación forzada. Son hechos reales, cercanos en el tiempo, que condensan una misma lógica: la política como escena. Con estéticas distintas, con públicos diferentes, pero con un objetivo común. Mostrar poder, ocupar espacio, construir relato.

En Argentina, Javier Milei no actuó por impulso. Su presencia en un show en Mar del Plata junto a Fátima Florez no fue un gesto privado ni un error de cálculo. Fue una decisión consciente. El presidente eligió un ámbito de alta exposición, sabiendo que allí convivirían el aplauso y el rechazo. Cuando llegaron los insultos, no bajó el tono ni buscó descomprimir. Respondió desde la confrontación, reafirmando una idea central de su discurso político.

La polémica no giró tanto en torno a si un presidente puede o no asistir a un espectáculo. La discusión fue simbólica. En un país atravesado por una situación económica delicada, con ajustes, recortes y una sociedad profundamente fragmentada y  la reciente
 situación en la patagonia, Milei decidió reforzar su identidad desde el show. No evitó el conflicto, lo asumió como parte del mensaje.

Ese estilo no es nuevo. Milei construyó su trayectoria política desde la exageración discursiva, el enfrentamiento constante y una fuerte carga teatral. La diferencia es que ahora lo hace desde la Presidencia. Ya no es un actor marginal del sistema, sino su máxima autoridad institucional. Y en ese lugar, cada gesto deja de ser solo provocación para convertirse en señal política.

La frase "los estoy haciendo ricos" resume una visión de país. Milei sostiene que sus políticas, aunque dolorosas en el presente, traerán beneficios a largo plazo. Desde esa lógica, el malestar social no cuestiona el rumbo, sino que confirma la necesidad del sacrificio. El problema aparece cuando esa promesa futura no logra dialogar con la experiencia cotidiana de millones de personas que viven el ajuste en tiempo real.

El espectáculo funciona, entonces, como reafirmación identitaria. Para sus seguidores, es coherencia. Para sus detractores,
desconexión con la realidad. Para el sistema político regional, una señal clara de época. El poder ya no se ejerce solo desde despachos, conferencias o comunicados. También se ejerce desde el escenario, el micrófono abierto y la viralización.+}


Mientras tanto, en Uruguay, la escena fue muy distinta. El presidente Yamandú Orsi encabezó un viaje oficial a China acompañado por empresarios, representantes de cámaras sectoriales y dirigentes gremiales. China es el principal socio comercial del país y el objetivo del viaje fue presentado de manera explícita: fortalecer vínculos, atraer inversiones y profundizar acuerdos.

Uruguay tiene una larga tradición de política exterior pragmática, basada en la diplomacia comercial y la búsqueda de mercados. En ese sentido, el viaje no sorprendió. Lo que sí llamó la atención fue la magnitud de la delegación. No se trató de una misión técnica ni acotada, sino de una comitiva amplia que buscó mostrar al país productivo en bloque.

También allí hay puesta en escena. No hay gritos ni provocaciones, pero hay fotos oficiales, reuniones cerradas, discursos medidos y gestos cuidadosamente calculados. Es otro tipo de espectáculo. Más sobrio, más ordenado, más institucional. Pero espectáculo al fin.

El mensaje es claro: Uruguay se presenta como un país estable, previsible y abierto al mundo. Apuesta a su relación con China como motor de desarrollo. Sin embargo, como ocurre con todo gran gesto político, surgen preguntas necesarias. Qué resultados concretos se esperan. Cómo se van a medir. Quién evaluará el impacto real de estos viajes más allá de los comunicados oficiales.
No se trata de sospecha automática ni de cinismo. Se trata de responsabilidad pública. Cuando la política se apoya demasiado en gestos grandes, existe el riesgo de que la forma termine pesando más que el fondo. Que la foto valga más que el resultado.

A simple vista, Milei y Orsi representan estilos opuestos. Uno disruptivo, confrontativo, excesivo. El otro institucional, previsible, ordenado. Pero ambos forman parte del mismo sistema político y comparten una certeza básica: hoy gobernar también implica ocupar la escena.

El escenario y el avión presidencial funcionan como plataformas de comunicación. Cambian los códigos, cambia el tono, pero la lógica es similar. La política se juega tanto en las decisiones como en los símbolos.

El problema aparece cuando la presencia pública empieza a confundirse con eficacia. Cuando el show reemplaza al debate o cuando el protocolo se vuelve rutina sin evaluación. En Argentina, la incógnita es cuánto tiempo puede sostenerse una épica basada en la confrontación permanente. En Uruguay, si la diplomacia empresarial logra traducirse en beneficios reales para la mayoría de la población y no solo para los sectores que ya tienen voz.
 

La política no puede reducirse ni al pogo ni al protocolo. Necesita gestión, explicación y rendición de cuentas. Necesita resultados que puedan ser verificados más allá del relato.

Cuando el escenario se vacía y el avión aterriza, queda lo esencial. Los ciudadanos no viven de aplausos ni de fotos oficiales. Viven de salarios, precios, empleo y oportunidades. El espectáculo puede atraer miradas, pero no reemplaza políticas públicas efectivas.

Entre el pogo y el protocolo, la política regional parece debatirse entre dos maneras de mostrarse. El desafío, quizás, sea recuperar una tercera. La de gobernar sin necesidad de actuar.

Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado. 
Por: Kevin Martínez
Por: Kevin Martínez

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