Entre silencios, premios y despropósitos: una semana en la que Uruguay y el mundo parecieron perder el guion

07.12.2025
La política local volvió a asomarse a sus zonas más sensibles mientras, al otro lado del planeta, la diplomacia global repartió premios que parecen escritos por un guionista del absurdo. En apenas unos días, Uruguay y el mundo exhibieron un catálogo de contradicciones que obliga a preguntarse si todavía hay alguien revisando el libreto.

Hay semanas que empiezan como si la agenda pública hubiera decidido imitar a un péndulo: todo en calma, todo en orden, todo en ese sosiego casi sospechoso que en Uruguay suele anticipar lo contrario. Una paz que no grita, pero murmura. Una estabilidad que no tranquiliza, sino que inquieta. Y entonces, como si la realidad estuviera esperando un descuido, basta un gesto, una reunión o un anuncio al otro lado del mundo para que todo se desacomode. Esta semana fue exactamente así: arrancó con la suavidad de lo rutinario y terminó convertida en un mosaico de situaciones que, sumadas, parecen una comedia política sin pausa.

Todo comenzó con un rumor discreto: el presidente de la República, Yamandú Orsi, había mantenido un encuentro reservado con el titular de la Suprema Corte de Justicia. La noticia, al principio, no provocó demasiada sorpresa. Después de todo, no hay gobierno que no dialogue con los poderes del Estado, y no hay Corte que no converse, periódicamente, con el Ejecutivo. La institucionalidad, cuando funciona, se nutre de esos intercambios. Pero en este caso el tema no era una ley en discusión ni una agenda administrativa. Era algo mucho más delicado: los reclusos de Domingo Arena.

Ahí fue cuando el murmullo dejó de ser murmullo. Domingo Arena, por más que lo describan como establecimiento penitenciario, hace tiempo que es otra cosa: un símbolo, una disputa, una memoria herida. Es el lugar donde purgan condena militares implicados en la represión y los crímenes de la dictadura. Es, además, el sitio donde la justicia y la historia parecen caminar en paralelo, sin alcanzarse nunca del todo. Y por eso, cualquier gesto relacionado con ese espacio funciona como un sismógrafo de la sensibilidad nacional. Lo que allí ocurre, aunque sea mínimo, inevitablemente repercute afuera.

La revelación del encuentro fue suficiente para encender los cuestionamientos. No porque un presidente hable con la Corte —algo habitual—, sino porque el tema elegido pertenece a una de las fibras más tensas del país. A partir de ese instante, la versión oficial empezó a convivir con las preguntas. Qué se habló, qué se pidió, qué se sugirió, qué se aclaró. Y como suele pasar cuando la información no llega completa, la interpretación tomó el timón.

Familiares de Detenidos Desaparecidos reaccionó de inmediato. No con frases vacías ni comunicados de compromiso. Fue una respuesta directa, casi visceral. Para quienes llevan cinco décadas sosteniendo la memoria de sus seres queridos, la sombra de la duda nunca es un detalle. Cada gesto cuenta. Cada omisión también. Cada reunión a puertas cerradas despierta esa sensación de haber retrocedido un paso en lugar de avanzar. Y su advertencia volvió a recordar algo que el país, por momentos, prefiere olvidar: la memoria no es un documento archivado. Es una discusión viva que exige claridad.

Orsi intentó descomprimir. Aseguró que no hubo urgencias especiales ni pedidos extraordinarios. El presidente de la Suprema Corte respaldó esa versión, subrayando que se trató de un intercambio institucional sin presiones de ningún tipo. Pero en Uruguay las explicaciones demasiado rápidas suelen generar el efecto contrario. El problema no es lo que se dice, sino lo que no termina de decirse. Y si algo ha demostrado la política nacional es que la falta de detalle alimenta más sospechas que una confesión incómoda.

Mientras a nivel local se tensaba ese hilo, a nivel internacional ocurría otra escena, esta vez más cercana a la sátira que al análisis. La FIFA, ese organismo acostumbrado a mirar la realidad con lentes propios, decidió otorgarle a Donald Trump un premio vinculado a la paz mundial. La noticia viajó rápido, no por la magnitud de la relevancia sino por el tamaño de la contradicción. Un expresidente cuya carrera política se sostiene, en buena medida, sobre la confrontación, el conflicto y la retórica incendiaria era reconocido por una contribución a la paz. Una paradoja perfecta, un oxímoron de manual, una postal del mundo contemporáneo donde la ironía dejó de necesitar explicaciones.

La prensa internacional intentó encontrarle lógica. Algunos hablaron de diplomacia deportiva. Otros de "gestos de reconocimiento" a posicionamientos geopolíticos. Pero lo cierto es que la escena tenía más ingredientes de comedia involuntaria que de análisis estratégico. Trump posó con un entusiasmo casi infantil, como si estuviera recibiendo una medalla largamente esperada. La FIFA montó el espectáculo con solemnidad. Y la globalidad se volvió a preguntar qué entiende cada institución por "paz" en un mundo donde esa palabra se usa como comodín.

Además, el premio llegó pocos días después de que el expresidente quedara nuevamente descartado como candidato al Nobel, lo que terminó de completar un cuadro casi cinematográfico. Parecía que el universo estaba coreografiando un chiste. La FIFA, siempre tan afín a decisiones controvertidas, daba un premio alternativo, como quien improvisa un reconocimiento de consuelo. Pero la diferencia es que esto no era un cumpleaños infantil ni un concurso barrial: se trataba de símbolos internacionales que, en teoría, deberían preservarse de la frivolidad.

Mientras tanto, Uruguay seguía girando alrededor de su propio dilema interno: cómo se administra la memoria. La discusión sobre Domingo Arena no involucra únicamente la justicia penal. Está cargada de valores, heridas y balances históricos. Cada vez que la política se acerca a ese punto, el país entra en un estado de alerta emocional. No por elección, sino porque la transición democrática dejó cuestiones sin resolver. Y esas cuestiones siempre vuelven.

Auspicia
Auspicia

La pregunta, entonces, es si Uruguay está preparado para sostener discusiones que tocan la sensibilidad más profunda sin caer en contradicciones, silencios innecesarios o movimientos a medias. Y, por otro lado, si el mundo está dispuesto a tomarse en serio símbolos que parecen estar perdiendo su peso. Porque si la memoria local corre el riesgo de erosionarse por falta de transparencia, la credibilidad global se deteriora cuando instituciones que deberían representar legitimidad entregan premios que parecen parodias.

El contraste entre lo local y lo internacional no fue casual. Fue un espejo. Un espejo incómodo, pero espejo al fin. De un lado, un país pequeño que hace equilibrio permanente entre la prudencia y la desconfianza. Del otro, un escenario global que parece haberse resignado a la incoherencia. La semana, vista en conjunto, pareció una colección de escenas escritas por guionistas distintos, como si los capítulos del mundo no estuvieran coordinados entre sí.

Y sin embargo, todos compartían un hilo común: la sensación de que la realidad se mueve cada vez con menos respeto por la lógica. Uruguay no puede permitirse ese lujo, especialmente cuando las decisiones rozan su historia más dolorosa. El mundo, por su parte, parece caminar hacia una cultura política donde los premios se reparten con más liviandad que las explicaciones.

Al final, lo que queda es una advertencia. No sobre la reunión. No sobre el premio. Sobre el clima global. Sobre la tendencia a normalizar lo que debería incomodar. Sobre la facilidad con la que se acepta lo absurdo. Sobre la manera en que los símbolos se gastan. Y sobre el riesgo enorme que implica acostumbrarse.

Porque si algún día dejamos de sorprendernos, si algún día las reuniones opacas dejan de generar inquietud y los premios contradictorios dejan de provocar ironía, entonces sí: ya no será un chiste sin remate, será una realidad sin retorno.

Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez


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