Giorgina Cerutti y la invitación a cruzar hacia una historia que merece ser narrada

En Cruzar, la autora recupera la memoria migrante de una mujer que se reconstruye lejos de su tierra. A partir de archivos familiares y una escritura que avanza con respiración propia, Cerutti propone una reflexión sobre aquello que dejamos atrás, lo que elegimos llevarnos y los hilos invisibles que sostienen la identidad.
Hay libros que no llegan para imponer respuestas, sino para abrir un pasaje. Cruzar, la novela más reciente de Giorgina Cerutti, pertenece a esa categoría de obras que se escriben casi como un gesto de devolución. El punto de partida es íntimo, una historia recogida en la propia familia de la autora, pero la resonancia es amplia porque habla de un territorio universal: el movimiento, la partida, la necesidad de reconstruirse cuando el suelo que habitamos deja de sostenernos. Cerutti se adentra en la vida de Ona, una mujer que decide abandonar su tierra y cruzar el océano en busca de otra vida. Lo hace sin heroicidades explícitas, sin dramatizaciones que subrayen la escena. La novela apuesta por el tono bajo, por las pequeñas decisiones que, acumuladas, terminan marcando un destino. Es ahí donde radica su fuerza: en la atención al detalle, en la respiración calma con la que ilumina un trayecto que suele ser contado desde el ruido, la urgencia o el sacrificio épico.
Ona aparece primero como un recuerdo, una figura que recupera forma a través de fotografías antiguas, cartas descoloridas y fragmentos de conversaciones. Cerutti, lejos de la reconstrucción documental, trabaja estos materiales como impulso poético. En sus manos, el archivo se transforma en dispositivo emocional. La autora no pretende reconstruir una verdad exacta, sino aproximarse a la experiencia interior de una mujer que migró en un tiempo en el que emigrar significaba romper un mapa entero y aprender a vivir con el silencio. Esa decisión estética define el corazón de la novela. En Cruzar, la memoria no es una lista de hechos sino un territorio afectivo que se revisita con cautela. La protagonista recuerda sin nostalgia exagerada, sin culpa y sin victimismo, pero con la conciencia de que cada paso dado fuera del país es también una pregunta abierta sobre quién se es y quién se deja de ser.
La autora escribe con una cadencia que no busca apurar la lectura. Es un libro que se camina, no que se atraviesa a las corridas. Hay capítulos que funcionan como pequeñas ventanas: escenas mínimas que dejan ver una cocina extranjera donde se mezclan recetas que nunca terminan de saber igual, un barrio donde las palabras del idioma ajeno tropiezan en la boca, una llamada telefónica que llega a destiempo y un olor que aparece de repente y devuelve al lector a la casa de la infancia de Ona. Esos momentos, aparentemente simples, son los que revelan la tensión central del libro. Migrar no es solamente desplazarse en el espacio, sino aprender a convivir con una versión propia que se va alejando de lo que se deja atrás.
Uno de los aciertos más contundentes de Cerutti es no caer en la mirada trágica que suele acompañar a los relatos de desarraigo. No romantiza la nostalgia ni dramatiza la pérdida. El personaje de Ona se va armando en un equilibrio delicado entre fragilidad y firmeza, como si caminara sobre una cuerda floja tendida entre dos países. Las decisiones, incluso las equivocadas, no se narran como fallas irreparables sino como parte del aprendizaje que la sostiene. La autora entiende que la identidad migrante nunca es un bloque fijo, sino un movimiento continuo, una búsqueda que se renueva incluso cuando uno cree haber encontrado un lugar definitivo.

La novela también propone una pregunta más amplia: ¿qué historias familiares merecen ser rescatadas? Cerutti parece responder con el propio libro. No hacen falta grandes hazañas ni tragedias espectaculares para que una vida sea literaria. Basta con observar desde cerca. Basta con escuchar. En este sentido, Cruzar habilita una reflexión sobre las genealogías invisibles que sostienen los relatos de cada familia. A veces se trata de episodios que quedaron relegados a un cajón, a un álbum desprolijo, a un nombre que apenas se menciona en las sobremesas. El trabajo de Cerutti recupera ese tipo de memoria que no suele transformarse en historia oficial, pero que define el modo en que cada generación entiende su propio lugar en el mundo.
Hay un corrimiento interesante en la voz narrativa. Cerutti no escribe desde la omnipotencia ni desde el mandato de decirlo todo. Su aproximación es humilde y persistente. Va registrando lo que encuentra sin forzar interpretaciones. Eso construye un vínculo de confianza con el lector, que acompaña a Ona como si estuviera entrando en la casa de alguien donde todavía hay cajas sin abrir y fotografías que nadie se anima del todo a mover. El relato se vuelve íntimo sin volverse invasivo. Las dudas y los silencios no se presentan como fallas, sino como parte del tono emocional del libro.
Otro aspecto que sostiene la lectura es el modo en que la autora entrelaza el paisaje de la novela. La ciudad extranjera, con sus autopistas, sus supermercados interminables, sus modismos y su lógica laboral, funciona como contrapunto de la tierra natal. Pero nunca se plantea como un antagonista. No hay un país malo y un país bueno. Lo que hay es una mujer intentando descifrar por qué algunos lugares parecen recibirnos mientras otros nos expulsan sin decir palabra. La tensión no está entre naciones, sino dentro de la protagonista. ¿Qué hace que un sitio se vuelva propio? ¿Qué señal interna marca que es momento de quedarse o de irse? El libro no ofrece respuestas cerradas, pero sí acompaña la intemperie que provoca hacerse esas preguntas.
Hacia el final, Cruzar se asienta en un clima más reflexivo. La narradora parece tomar distancia, como si dejara que Ona respire sola. El resultado es una lectura que no clausura nada, que no dice hasta aquí llega la historia, sino que deja un eco abierto. La migración, parece decir Cerutti, no tiene un punto de llegada definitivo. Es un proceso que sigue, incluso cuando uno regresa, incluso cuando decide no volver jamás. La memoria también es así: se expande, se reordena, regresa con otras luces.
La novela confirma algo que atraviesa la obra de Cerutti: su interés por las vidas que se cuentan en voz baja, por los personajes que parecen estar siempre a mitad de camino, por los momentos en que una persona descubre que el puente entre lo que fue y lo que es hoy se construye mientras se avanza. Cruzar no es solo la historia de Ona. Es también un ejercicio de escucha, un modo de honrar a quienes migraron antes de que existieran redes sociales, videollamadas y la ilusión de la cercanía instantánea. Es un homenaje a quienes partieron con la certeza de que tendrían que inventarse una nueva forma de estar en el mundo.
En tiempos en los que la migración suele reducirse a cifras, estadísticas y debates simplificados, el libro de Cerutti propone una mirada más humana. Devuelve singularidad a una experiencia que a menudo aparece homogeneizada. Y lo hace sin estridencias, sin golpes bajos, simplemente confiando en que una historia bien contada puede iluminar zonas que el discurso público pasa por alto. Que detrás de cada maleta hay una vida que busca sostenerse. Que cada partida encierra una promesa y una herida. Que cada cruce, literalmente y en sentido figurado, modifica para siempre el modo en que comprendemos el mundo.
Cruzar es una invitación discreta y profunda. Un gesto literario que recuerda que las historias pequeñas también merecen ser contadas, que la memoria de una familia puede representar la memoria de muchas, que los desplazamientos humanos son también desplazamientos del alma. Cerutti construye una novela que no busca impactar sino acompañar. Una obra que se lee como quien abre una puerta ajena con cuidado, sabiendo que al otro lado no hay estridencia sino vida.

