Graciela Bianchi vs la prensa: otra vez arroz

05.02.2026
Foto: Inés Guimaraens
Foto: Inés Guimaraens
Cada vez que Bianchi responde con descalificación en lugar de argumentos, el problema deja de ser la pregunta y pasa a ser el mensaje: que preguntar incomoda más de lo que debería.

Otra vez. Graciela Bianchi vuelve a convertir una pregunta periodística en un conflicto personal. No es novedad, y justamente por eso llama la atención. Porque cuando algo se repite tanto, deja de ser un episodio aislado y pasa a ser un estilo.

El cruce más reciente ocurrió durante una conferencia de prensa, cuando un periodista de Canal 5 le hizo una consulta y la senadora respondió calificándola de "estupidez". El periodista era Gustavo Guisolfo. La tensión se instaló de inmediato, aunque en cualquier democracia saludable ese intercambio debería ser parte de la normalidad.

Las conferencias de prensa existen por una razón simple: permitir que quienes ejercen cargos públicos respondan preguntas. Preguntas incómodas, insistentes, incluso torpes si se quiere. Pero preguntas al fin. Porque preguntar es, literalmente, el trabajo del periodismo.

El problema aparece cuando la respuesta no es un argumento, sino un ataque. Cuando en lugar de contestar se descalifica, el mensaje implícito es otro: que ciertas preguntas no merecen respuesta, sino castigo. Y eso, aunque no sea un escándalo institucional, sí dice algo sobre el clima del debate público.

Con Bianchi parece haber siempre un "otra vez". Otra vez el fastidio. Otra vez la reacción desmedida. Otra vez el gesto de que el cuestionamiento es una falta. Otra vez arroz.

En estos episodios, la senadora suele colocarse en un lugar particular, como si fuera ella quien decide qué se puede preguntar y qué no. Como si el periodismo estuviera para aprender modales en vez de cumplir una función democrática. Pero el poder político no está para disciplinar periodistas: está para rendir cuentas.

Hay dirigentes que confunden crítica con ataque. Que leen una pregunta como provocación. Pero en democracia, preguntar no es una falta de respeto. Es parte del contrato básico entre representantes y ciudadanía.

La política implica exposición. Implica responder. Implica aceptar que no todo va a ser cómodo. Nadie elige un cargo público para vivir en calma. El poder no está para sentirse cómodo, está para explicar decisiones, incluso cuando incomodan.

Y muchas veces, la reacción dice más que la pregunta. Porque si una consulta molesta tanto, vale preguntarse por qué. ¿Molesta la forma? ¿O molesta lo que deja en evidencia?

Esto no surge de la nada. La relación de Bianchi con la prensa ya ha tenido otros momentos de confrontación. Por eso el título no es casual. Cuando el desprecio hacia quien pregunta se vuelve reiterado, deja de ser excepción y se convierte en marca.

No estamos ante una crisis democrática. Uruguay no está en peligro porque una senadora se enoje en una conferencia. Pero estas actitudes importan, porque van construyendo un clima donde preguntar parece molestar más de la cuenta. Y cuando preguntar molesta, lo que se debilita es la rendición de cuentas.

Uruguay ha tenido históricamente una cultura política institucional, con prensa activa y debate intenso. Eso no significa ausencia de tensiones, pero sí un respeto básico por los roles. Cuando figuras relevantes desprecian reiteradamente a periodistas, se corre el riesgo de naturalizar un estilo empobrecedor: la lógica del enemigo permanente.

El periodismo no está para obedecer. No está para aplaudir. No está para preguntar solo lo que el político quiere contestar. Está para insistir, para incomodar, para interpelar.

Graciela Bianchi volvió a chocar con la prensa. Otra vez. No es un escándalo nacional, pero tampoco es un detalle menor. Es una forma de ejercer el poder con poca tolerancia al cuestionamiento.

Y por más repetido que sea el arroz, vale insistir: el periodismo no necesita permiso para preguntar. Lo que necesita es respeto. Porque preguntar no es atacar.

Preguntar es democracia.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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