Hoy Cacho y Ultratón serán eternos

08.11.2025
Cacho de la Cruz con el primer Ultratón. Archivo El País.
Cacho de la Cruz con el primer Ultratón. Archivo El País.
El adiós a Cacho de la Cruz deja al país con una mezcla de nostalgia y gratitud. El hombre que enseñó valores con humor y ternura, que transformó la televisión en una escuela de alegría y respeto, se convirtió en leyenda. Su espíritu y el de su inseparable Ultratón seguirán vivos en la memoria de quienes crecieron con su sonrisa y aprendieron que la bondad también puede ser espectáculo.

El día en que el televisor se quedó en silencio

Este viernes no fue un día más. El zapping no sirvió de refugio, las pantallas parecieron más frías, y el aire tuvo ese sabor agrio que deja el silencio cuando alguien imprescindible se va.

Murió Cacho de la Cruz, y con él se fue una parte de la infancia uruguaya.

Pero decir que "murió" Cacho es apenas un modo de hablar. Porque hay presencias que se quedan flotando, aunque el cuerpo se despida. En cada televisor que alguna vez transmitió un capítulo de Cacho Bochinche, en cada niño que alguna vez dejó el chupete gracias a Ultratón, en cada casa donde todavía resuena un "boquita con llave", Cacho sigue ahí, de pie, sonriendo detrás del cristal.

El hombre que convirtió el mediodía en magia

Para una generación entera, El Show del Mediodía no era solo un programa: era una cita con la alegría. Cacho tenía ese don que pocos logran: convertir lo cotidiano en un pequeño espectáculo del alma.

No necesitaba efectos especiales ni guiones rimbombantes. Bastaba su presencia, su manera de mirar a cámara, ese gesto de cómplice que hacía sentir al espectador parte de un juego donde todos ganaban.

A los niños les enseñó que el respeto no era una imposición, sino una elección. Que se podía reír sin herir, bromear sin ofender, aprender sin aburrirse.

Y a los adultos les recordó que la risa también puede ser una forma de fe, un modo de resistir a la tristeza.

Cacho fue, en su esencia, un pedagogo del corazón. Mientras otros enseñaban con libros, él lo hacía con canciones, títeres, concursos y una ternura que traspasaba la pantalla.

Ultratón, el amigo metálico de un país

Si los niños de hoy tienen superhéroes digitales, los de antes tuvimos a Ultratón: ese robot de cartón y cables que, bajo la guía de Cacho, se volvió un símbolo de crecimiento.

Dejar el chupete, aprender a hablar con cariño, respetar al otro… todo eso pasaba frente al televisor, en un rincón de la casa donde se mezclaban el mate de los padres y la merienda de los hijos.

Ultratón era más que un personaje. Era la excusa perfecta para aprender sin saber que uno estaba aprendiendo. Era la metáfora viva de lo que Cacho representaba: la unión entre la fantasía y la enseñanza, entre el juego y la vida.

A través de él, Cacho construyó un puente invisible que unió generaciones. Los que crecieron con él hoy lo recuerdan con la misma emoción con la que un hijo recuerda a su padre cuando le contaba un cuento antes de dormir.

Cacho, ese faro en la cultura popular

En tiempos donde la televisión se llenó de estridencias, Cacho eligió otro camino: el de la sencillez.

Nunca necesitó gritar para hacerse escuchar. Su fuerza estaba en su calidez, su sabiduría en la empatía, su espectáculo en la honestidad.

Él entendió antes que nadie que la cultura no era una palabra de museo, sino una conversación de domingo. Que la televisión podía ser una herramienta para formar valores, despertar curiosidades, enseñar a mirar el mundo con asombro.

Cacho no solo entretuvo: educó con amor, una rareza que hoy se siente más valiosa que nunca.

La despedida de un país entero

Cuando se supo la noticia de su partida, las redes se llenaron de mensajes. No eran simples condolencias, sino confesiones:

"Cacho fue mi infancia", "Me enseñó a ser amable", "Gracias por hacerme reír con mi abuelo".

No hay homenaje más sincero que ese: cuando el público, después de tantos años, sigue recordando a quien lo acompañó sin pedir nada a cambio.

En cada barrio, en cada escuela, en cada abuela que dice "¡mirá, ahí está Cacho!" cuando pasan una repetición, se percibe una gratitud compartida, una herencia emocional.

Y aunque el cuerpo de Cacho haya descansado, su voz seguirá viva en los patios, en los recreos, en la memoria colectiva de un país que creció frente a su sonrisa.

El legado que no muere

Cacho fue mucho más que un conductor de televisión: fue un símbolo de una forma de ser uruguaya, donde el humor y la ternura se mezclaban con el respeto.

En tiempos donde el mundo parece correr más de lo que conversa, su legado nos invita a frenar un segundo y recordar lo esencial: la risa compartida, el gesto amable, la palabra buena.

Quizás esa sea la herencia más poderosa que deja: enseñarnos que ser buena persona también puede ser una forma de arte.

Hoy Cacho y Ultratón serán eternos

En alguna dimensión de la memoria, Ultratón sigue titilando sus luces.

Cacho se acerca, lo mira con ternura, y le dice, como tantas veces: "Vamos, que hay programa".

Y el robot, obediente, enciende su corazón metálico y responde: "Bochinche activado".

Así los imaginamos: sonriendo, listos para empezar otra vez, esta vez en ese canal infinito donde solo transmiten los recuerdos felices.

Porque hay despedidas que no son finales, sino transformaciones.

Porque Cacho y Ultratón no se apagan: se encienden en la memoria, como dos luciérnagas que alumbran lo mejor de lo que fuimos.

Y porque, en el fondo, cada vez que un niño dice "boquita con llave", o un adulto se emociona al escuchar su nombre, Cacho vuelve a vivir, en todos nosotros.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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