Mi desconfianza, el amor y la poesía de Sharon Olds

26.02.2026
Editorial: Gog Y Magog
Editorial: Gog Y Magog
En La materia de este mundo, Sharon Olds vuelve sobre el amor, la pérdida y el paso del tiempo con una mirada íntima que transforma la experiencia privada en un territorio reconocible. Una poesía que, sin estridencias, interroga qué significa habitar un cuerpo que cambia y recordar lo que ya no está.

Hace poquito terminé de leer La materia de este mundo, de Sharon Olds , y lo empecé con cierta prevención. No suelo acercarme a los libros de amor con entusiasmo. Admito que el romance y yo no somos muy amigos; siempre digo que tenemos una tensión que no termina de resolverse. Me incomoda la solemnidad amorosa, la promesa de intensidad permanente, la idea de que el amor tiene que ser necesariamente épico para ser verdadero. Tal vez por eso abrí este libro con cautela, esperando encontrar algo que ya conocía. Sin embargo, lo que encontré fue otra cosa. Y esa otra cosa, por momentos, desarmó mi resistencia.

No hay estridencia en La materia de este mundo. No hay voluntad de escándalo ni gesto programático. Lo que hay es una voz que insiste en mirar hacia adentro, como si todavía quedara algo por entender en esa zona donde conviven el amor, la memoria y el cuerpo. Publicado en 2016, el libro se inscribe con naturalidad en la trayectoria de Olds, conocida por una poesía confesional, directa, intensa. Pero aquí ocurre un leve desplazamiento. La intensidad sigue estando, pero atravesada por la conciencia del tiempo. No es la voz de quien vive en el centro del conflicto, sino la de quien vuelve sobre lo vivido y lo observa con otra luz.

Olds ha escrito durante décadas sobre su vida familiar, su matrimonio, su sexualidad, sus padres. Podría pensarse que ese territorio ya ha sido explorado hasta el agotamiento. Sin embargo, lo que cambia en este libro no es la materia sino la distancia. El recuerdo introduce una forma de claridad que no es fría, pero sí más reflexiva. La experiencia ya no arde del mismo modo; ahora se examina, se vuelve a tocar con cuidado, como si cada escena fuera un objeto frágil.

El cuerpo vuelve a ocupar el centro. Pero no como provocación ni como bandera ideológica. Es el cuerpo que envejece, que recuerda lo que fue capaz de sentir, que todavía desea aunque sepa que el tiempo impone límites. Es el cuerpo que guarda memoria. En algunos poemas, la imagen es mínima: una cama compartida durante años, una respiración escuchada en la oscuridad, un gesto repetido hasta volverse costumbre. No hay grandes declaraciones. Olds no explica qué significan esas escenas. Las deja allí, casi desnudas, y el lector completa lo que falta.

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Esa confianza en la escena mínima es uno de los grandes aciertos del libro. Una habitación puede contener la historia de un matrimonio. Un objeto apoyado en una mesa puede activar una memoria entera. La poeta no recurre a metáforas exuberantes ni a un lenguaje barroco. La fuerza está en la precisión. Cada palabra parece elegida no para impresionar, sino para sostener lo que se quiere decir sin exageraciones.

La figura del exmarido atraviesa varios textos. Pero no hay ajuste de cuentas ni reproches grandilocuentes. Tampoco nostalgia ingenua. Lo que aparece es algo más incómodo y más honesto: la aceptación de que un vínculo puede haber sido verdadero y, al mismo tiempo, terminar. Esa idea, que en la vida suele ser difícil de asumir, aquí se vuelve materia poética. La separación no es un estallido dramático sino un proceso. Lo que queda después del amor no es el vacío absoluto, sino hábitos, recuerdos corporales, escenas que regresan sin pedir permiso.

Leer esos poemas produce una sensación particular. No invitan al juicio ni a la toma de partido. No buscan que el lector decida quién tuvo razón. Lo que interesa es la persistencia del vínculo en la memoria. Cómo el cuerpo recuerda incluso cuando la relación ha terminado. Cómo ciertas formas de estar juntos dejan marcas que no desaparecen de inmediato. En ese sentido, el libro habla del amor no como promesa de eternidad, sino como experiencia que deja huellas.

También la maternidad aparece revisitada desde otra perspectiva. Los hijos ya no son niños dependientes, sino adultos con su propia vida. La madre observa ese desplazamiento con una mezcla de orgullo y desconcierto. Hay poemas en los que el cuerpo del hijo, ya crecido, es percibido como algo que alguna vez fue pequeño y ahora resulta casi ajeno. Esa sensación, leve pero punzante, recorre el libro: el tiempo no solo transforma, también distancia.

La relación entre madre e hijos se vuelve así un espejo del paso del tiempo. Lo que fue cuidado y protegido adquiere autonomía. Lo que fue centro absoluto se desplaza. No hay dramatización, pero sí una conciencia clara de la pérdida que implica todo crecimiento. Amar también es aceptar esa separación progresiva.

En la experiencia femenina que el libro despliega se perciben, sin necesidad de consignas explícitas, las tensiones culturales que la atraviesan. El matrimonio, el deseo, la vida doméstica no están aislados de un contexto social que impone expectativas. Olds no escribe desde la consigna, pero deja ver cómo esos mandatos se filtran en la intimidad. Lo político aparece en la experiencia concreta del cuerpo, en la manera en que ese cuerpo es mirado, amado, condicionado.

Hay una dimensión de este libro que me resultó especialmente cercana, incluso desde mi escepticismo inicial. No idealiza el amor. No lo presenta como salvación ni como destino inevitable. Lo muestra en su complejidad, en su desgaste, en su transformación. Y esa honestidad, lejos de restarle intensidad, le da una fuerza distinta. Una fuerza más humana.

La conciencia de la finitud se vuelve más visible a medida que avanzan las páginas. El cuerpo duele más. La energía cambia. Los padres ya no están o existen solo en la memoria. La muerte deja de ser una abstracción lejana y se convierte en una presencia concreta. Sin embargo, el tono no es sombrío. Hay una serenidad trabajada, como si escribir fuera una forma de ordenar lo vivido antes de que se disperse.

Esa serenidad no implica indiferencia. Implica aceptación. Y aceptar no es lo mismo que resignarse. Hay en estos poemas una voluntad de mirar de frente lo que incomoda: el envejecimiento, la separación, la pérdida. Pero la mirada no es cruel. Es atenta. Es cuidadosa. Como si la poeta supiera que cada experiencia, por dolorosa que sea, merece ser tratada con respeto.

Leer La materia de este mundo hoy tiene algo de ejercicio de atención. En un presente saturado de estímulos y urgencias, estos poemas piden otra velocidad. Obligan a detenerse. No ofrecen moralejas ni respuestas cerradas. Ofrecen escenas, preguntas que laten debajo de cada verso: qué queda del amor cuando el tiempo pasa, qué significa habitar un cuerpo que cambia, cómo se convive con lo que ya no está.

Tal vez por eso el libro logró, en mi caso, correr a un lado esa tensión que suelo tener con el romance. Porque aquí el amor no es espectáculo. Es materia. Es algo que se toca, que se recuerda, que duele y que también acompaña. No hay promesas grandiosas. Hay verdad. Y esa verdad, dicha sin estridencias, conmueve más que cualquier gesto ampuloso.

Si algo distingue a este poemario es su capacidad de convertir lo privado en un espacio compartido. No porque todos hayan vivido las mismas circunstancias, sino porque la experiencia de amar, perder, recordar y envejecer es común. Olds no pretende universalizar su historia. La cuenta. Y al hacerlo, abre una puerta por la que otros pueden entrar con sus propias memorias.

Al terminar el libro, la sensación no es de cierre definitivo. Es más bien la de haber acompañado a alguien en un recorrido íntimo y haber salido de allí con preguntas propias. Quizás esa sea la mayor virtud de La materia de este mundo: recordarnos que el cuerpo es archivo y presente al mismo tiempo, que el amor no desaparece sin dejar rastro y que el paso del tiempo, aunque inevitable, puede ser pensado y narrado con una honestidad que no necesita elevar la voz.

No hay épica en estas páginas. Hay algo más difícil: una humanidad que no busca impresionar. Y en esa decisión, casi silenciosa, reside la verdadera fuerza del libro. Una fuerza que, incluso para quienes miramos el romance con desconfianza, resulta imposible de ignorar.


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