La memoria cultural que llega cada 3 de diciembre (y rara vez antes)
Cada año, Uruguay vuelve a mirar su raíz afrouruguaya a través del Día Nacional del Candombe, la Cultura Afrouruguaya y la Equidad Racial. Una fecha que, más que un acto oficial, es un recordatorio de un país que todavía está aprendiendo a reconocerse entero.

Cada 3 de diciembre el país hace un gesto particular: pone el foco, aunque sea por un rato, en un legado que sostiene buena parte de nuestra identidad. No es una fecha cualquiera, porque desde 2006 —cuando se aprobó la Ley 18.059— quedó oficialmente marcada como el momento para reconocer al candombe, a la cultura afrouruguaya y a la equidad racial. Pero más allá de la formalidad, el día funciona como un espejo que invita a vernos un poco mejor y, sobre todo, un poco más honestamente.
Durante estas jornadas se multiplican los talleres, los toques, las charlas y los homenajes en distintos barrios y centros culturales. Surgen voces que durante el resto del año no siempre encuentran el espacio que merecen, y el país se deja atravesar por el sonido del tambor, ese pulso que no es solo musical: es histórico, comunitario y profundamente humano. El candombe no nació para desfilar ni para ocupar vitrinas turísticas; nació en patios, en familias extendidas, en comunidades que hicieron de la resistencia una forma de futuro. Ese origen no aparece en ninguna ley, pero está presente en cada cuerda, en cada llamada y en cada mano que sostiene un tambor.
En 2009 la UNESCO reconoció formalmente lo que acá se sabía desde siempre: que el candombe es un patrimonio cultural vivo. Y sin embargo, ese reconocimiento internacional convive con otro dato más silencioso: muchas veces son los propios cultores quienes sostienen la tradición casi a pulmón, incluso cuando la visibilidad institucional solo aparece de forma intermitente. Aun así, la fuerza de esta cultura nunca dependió exclusivamente del Estado. Su continuidad está en las prácticas cotidianas, en el aprendizaje entre generaciones, en la memoria que se transmite sin discurso, en la gente que mantiene vivo algo que podría haberse apagado miles de veces.
Lo que vuelve especial al 3 de diciembre no es la agenda oficial, sino la oportunidad de poner en primer plano historias que suelen quedar en los márgenes. Historias de barrios que hicieron del tambor un hogar, de referentes culturales que sostuvieron la identidad en tiempos donde nadie hablaba de equidad, y de familias que transmitieron lo que tenían: el ritmo, la memoria y el orgullo. El candombe, en ese sentido, no es un espectáculo anual, sino una forma de estar juntos que atraviesa el año entero, aunque no siempre lo notemos.
La fecha también abre una pregunta que no conviene silenciar: ¿qué hacemos con todo esto cuando pasa el 3 de diciembre? Porque la celebración es importante, pero insuficiente. El espíritu de la ley es claro: esta jornada debe promover reconocimiento, respeto y equidad. El desafío es transformar esa intención en continuidad, en políticas, en espacios, en escucha. El candombe no necesita un día; necesita un país que lo entienda como parte de sí mismo todos los días.
Por eso, más que una efeméride, el 3 de diciembre es una invitación. A mirar la historia sin filtros, a reconocer lo que nos constituye, a dejar que el tambor sea algo más que un sonido festivo. Es una oportunidad para admitir que la identidad uruguaya es más amplia de lo que solemos contar, y que la cultura afrouruguaya no es un capítulo aparte: es una de las páginas centrales del libro.
El tambor vuelve a sonar cada año, sí. Pero el desafío —y también la responsabilidad— es que no suene solo ese día. Porque lo que late en el candombe no es pasado: es la memoria viva de un país que todavía está aprendiendo a escucharse entero.
