La quimera de pasar un fin de año en paz
El cierre de año volvió a estar marcado por hechos violentos en Montevideo y por explicaciones oficiales que apelan al contexto más que a la urgencia. Mientras el discurso insiste en la calma y la comprensión, la inseguridad se consolida como una preocupación cotidiana y una de las áreas peor evaluadas de la gestión.
En Uruguay, el fin de año suele venir acompañado de un ritual que se repite casi sin variaciones. Brindis, balances, saludos protocolares y una esperanza colectiva, cada vez más frágil, de que, al menos por unos días, la violencia disminuya. No es una aspiración heroica: llegar a enero sin hechos que conmocionen a la opinión pública. Sin embargo, una vez más, esa expectativa chocó con una realidad marcada por episodios violentos que dominaron la agenda informativa en los últimos días del año.
Durante el cierre de diciembre, Montevideo registró varios homicidios en un lapso corto de tiempo, según reportaron distintos medios de comunicación. La sucesión de hechos volvió a poner el foco en la inseguridad, un tema recurrente en el debate público. Más allá del número exacto, que puede variar según el recorte temporal o la fuente, lo relevante fue la concentración de casos en un período particularmente sensible.
La reacción institucional no incluyó anuncios extraordinarios ni medidas de emergencia. Desde el oficialismo, las explicaciones apuntaron a contextualizar los hechos dentro de procesos sociales más amplios. Se habló de dinámicas de época, de transformaciones profundas y de fenómenos que exceden a una administración concreta. Un enfoque que, si bien no es nuevo, vuelve a generar cuestionamientos sobre el margen de acción del Estado frente a este tipo de situaciones.
Este tipo de explicaciones, al poner el acento en factores estructurales, tienden a diluir responsabilidades políticas inmediatas. Si la violencia es entendida como parte de un contexto histórico amplio, la gestión cotidiana queda en un segundo plano. El riesgo de ese enfoque es que los hechos pierdan carácter de urgencia y se integren a una narrativa de inevitabilidad.
En paralelo, desde el Poder Ejecutivo se insiste en un tono discursivo optimista. El presidente ha defendido su estilo de comunicación, su apuesta por mensajes directos y su énfasis en la cercanía. Ha reconocido errores o expresiones desafortunadas, pero los ha presentado como parte de una forma de ser genuina. En el plano discursivo, el mensaje apunta a la estabilidad y al control de la situación.
Sin embargo, la percepción ciudadana parece ir por otro carril. Para amplios sectores de la población, la inseguridad dejó de ser un tema abstracto o estadístico para convertirse en una preocupación cotidiana. No se trata solo de cifras, sino de hábitos que cambian, recorridos que se evitan y rutinas condicionadas por el temor.
Las encuestas de opinión pública han señalado de forma consistente que la seguridad figura entre las áreas peor evaluadas de la gestión. No es un fenómeno puntual ni un dato aislado, sino una tendencia sostenida en el tiempo. A pesar de ello, el enfoque comunicacional no muestra grandes variaciones. Se insiste en explicar y contextualizar más que en anunciar cambios visibles de estrategia.
En ese punto aparece una tensión difícil de disimular. Cuando los hechos violentos se repiten y las respuestas parecen limitarse al plano explicativo, la política corre el riesgo de perder credibilidad como herramienta de transformación. No por falta de diagnósticos, sino por la ausencia de señales claras de corrección.
El recurso a la ironía surge casi como un reflejo social. Frente a cada nuevo episodio violento, la pregunta ya no es solamente qué falló, sino quién tiene la capacidad real de intervenir. La referencia al "¿y ahora quién podrá ayudarnos?" funciona menos como chiste y más como síntoma de una sensación de desamparo.
Por ahora, las respuestas concretas no logran imponerse en el discurso público. No en los anuncios, no en las conferencias, no en las explicaciones que buscan comprensión más que resultados. La sensación de inseguridad persiste, incluso cuando se intenta transmitir calma.
Así, la idea de cerrar el año en un clima de tranquilidad vuelve a quedar postergada. No necesariamente por falta de recursos o de información, sino por una combinación de desgaste discursivo y ausencia de señales contundentes. Cuando la violencia se explica más de lo que se enfrenta, corre el riesgo de naturalizarse.
Y mientras las autoridades afinan el mensaje, buena parte de la ciudadanía sigue haciendo lo mismo: mirar alrededor, hablar en voz más baja y preguntarse, con preocupación genuina, quién podrá ofrecer respuestas que vayan más allá del relato.
Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.

