Los reyes del asado que no sabían hacerlo: la epopeya grillera del Parlamento

Cuando la política uruguaya decidió celebrar la temporada con un presente digno de una parrilla de domingo, lo que obtuvo fue un asado frío, tres diputados confundidos y una carcajada generalizada. El Parlamento regaló sets de asado que nadie supo devolver, aunque lo intentaron con fervor casi tan grande.
El Parlamento cerró el año legislativo con un gesto que pretendió ser cercano y terminó revelando una distancia que ya no necesita megáfonos para hacerse notar. Como quien decide prender el fuego sin mirar el cielo, la Cámara de Diputados eligió despedir el año con un regalo simbólico, doméstico y reconocible: un set de parrilla. Tabla, cuchillo y tenedor. El kit mínimo del ritual nacional. Una escena pensada para la sobremesa y no para el debate público, pero que igual terminó instalada en la conversación colectiva.
La decisión no fue estridente ni improvisada. Formó parte de una práctica conocida, repetida a lo largo de los años con distintos objetos, montos y criterios. Sin embargo, algo en esta elección desentonó. Tal vez fue el contexto, tal vez el objeto, tal vez el cansancio social acumulado, o tal vez fue todo junto. Porque no es lo mismo regalar una agenda que un utensilio cargado de simbolismo, en un país donde la parrilla no es solo una herramienta sino una escena, un espacio de igualdad imaginada, una ceremonia donde al menos en el relato todos se sientan a la misma altura.
Se distribuyeron alrededor de 600 sets entre legisladores, funcionarios y personal policial. El gasto total rondó los 480 mil pesos, pero el detalle administrativo ayudó a dimensionar el episodio. A través de un concurso, la Cámara de Diputados adjudicó la compra de 600 sets de parrilla por un precio unitario de 793 pesos, IVA incluido. Esto representó un monto total de hasta 475.800 pesos. No se trató de una cifra exorbitante dentro del presupuesto del Estado, pero sí lo suficientemente visible como para generar ruido. En tiempos donde cada decisión es leída en clave de prioridades, el monto se convirtió en una cifra incómoda, no por su volumen sino por su oportunidad.
El gesto fue interpretado de múltiples maneras. Para algunos, una tradición menor amplificada por el clima de época. Para otros, una señal desconectada de las preocupaciones cotidianas. Para muchos, simplemente una escena difícil de explicar. Porque mientras afuera se discuten costos, esfuerzos y límites, adentro se entregaban cuchillos envueltos, listos para cortar carne que nadie había puesto todavía sobre la parrilla.
El episodio tomó otro espesor cuando tres diputados resolvieron no aceptar el regalo e intentaron devolverlo. No hubo comunicados rimbombantes ni discursos altisonantes. Hubo una decisión personal, casi silenciosa. Un gesto que, en cualquier lógica básica, debería haber sido sencillo. Pero no lo fue. El Parlamento no tenía previsto qué hacer con una devolución. No existía un procedimiento, una ventanilla ni un paso administrativo que contemplara la posibilidad de decir que no.
La institución que legisla sobre los movimientos más complejos del Estado quedó inmóvil frente a un acto simple. El regalo había sido concebido como una acción unilateral, sin reverso. Como si la aceptación fuese automática, obligatoria y parte del paquete. El intento de devolución se topó con esa rigidez. El sistema sabía entregar, pero no recibir de vuelta.
La escena tuvo algo de comedia seca y de burocracia desorientada. Tres sets de parrilla sin destino claro quedaron atrapados en un circuito administrativo que no ofrecía respuestas. La voluntad de marcar una posición chocó con un engranaje que no contempla gestos individuales cuando estos interrumpen la rutina.
No fue la primera vez que un regalo de fin de año generó incomodidad. A lo largo de las últimas décadas, el Parlamento entregó distintos obsequios, algunos más austeros, otros más vistosos, algunos que pasaron sin pena ni gloria y otros que quedaron registrados en la memoria pública. Hubo años sin regalos y años con ellos. La diferencia, esta vez, estuvo en el significado del objeto elegido.
La parrilla no es neutra. No es un objeto de escritorio ni una herramienta laboral. Es un espacio privado convertido en símbolo colectivo. Regalar un set de asado desde el centro del poder tiene una carga que va más allá de su precio. Es una invitación implícita a un terreno que la política suele invocar cuando necesita cercanía, pero que raramente habita de verdad.
El problema no fue el cuchillo ni la tabla. Fue la escena que evocaban. Porque mientras el relato del asado habla de igualdad, la práctica política cotidiana suele hablar de otra cosa. Y esa tensión, cuando se vuelve visible, incomoda.
No hubo consecuencias institucionales ni revisiones formales. El episodio se cerró sin rectificaciones públicas. Pero dejó algo en el aire. Una sensación persistente, como el humo que queda impregnado después de un fuego mal apagado. No molesta de inmediato, pero permanece.
El Parlamento quiso despedir el año con un gesto amable. Terminó despidiéndolo con una imagen difícil de borrar. Tres diputados intentando devolver un regalo que nadie supo recibir. Una inversión de hasta 475.800 pesos convertida en símbolo involuntario. Un asado que no se prendió, pero igual dejó marcas.
En política, como en la parrilla, no alcanza con tener los utensilios. También hay que saber cuándo usarlos y, sobre todo, cuándo no.
Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.

