Lucrecia Martel y la anatomía de una artista

06.03.2026
Lucrecia Martel. Foto: Darren Hughes
Lucrecia Martel. Foto: Darren Hughes
La directora argentina construyó una de las filmografías más singulares del cine latinoamericano. Entre silencios, atmósferas densas y miradas incómodas sobre la sociedad, su obra propone una forma distinta de observar el mundo.

Hay artistas cuya obra puede explicarse con facilidad: cuentan historias claras, con conflictos reconocibles y finales que ordenan el relato. Pero también existen creadores que trabajan en otra dimensión, donde lo importante no siempre es lo que ocurre sino cómo se percibe. En ese territorio se mueve desde hace más de dos décadas Lucrecia Martel, una de las cineastas más originales del cine latinoamericano contemporáneo.

Hablar de Martel es hablar de una directora que construyó una obra breve pero profundamente influyente. Sus películas no se sostienen en grandes giros narrativos ni en escenas espectaculares. Por el contrario, avanzan lentamente, como si invitaran al espectador a detenerse y observar aquello que normalmente pasa desapercibido: una conversación a medias, un gesto incómodo, un silencio que se instala entre los personajes.

La mirada de Lucrecia Martel sobre el conflicto Narrativo

Esa mirada comenzó a llamar la atención a comienzos de los años 2000, cuando estrenó La Ciénaga. La película transcurre durante un verano sofocante en el norte argentino y sigue a una familia que parece atrapada en una rutina marcada por el cansancio, el alcohol y el deterioro de los vínculos. A primera vista no ocurre nada extraordinario. Sin embargo, en esa aparente quietud se construye un retrato social intenso, donde aparecen las tensiones de clase, las jerarquías invisibles y la fragilidad de las relaciones familiares.

El impacto de la película fue inmediato. Muchos críticos la señalaron como una de las obras que inauguraron una nueva etapa dentro del cine argentino. Pero más allá de ese reconocimiento, lo que realmente distinguía a Martel era su forma de narrar. Su cámara no buscaba explicar demasiado. Prefería observar.

Esa misma lógica atraviesa su siguiente película, La niña santa. En esta historia, una adolescente profundamente marcada por la educación religiosa interpreta un episodio confuso con un médico como una señal divina. A partir de allí, la película se mueve en un terreno ambiguo, donde conviven el deseo, la culpa y las contradicciones morales de los adultos. Martel vuelve a trabajar con una narrativa sutil, donde las tensiones se construyen más a partir de lo que se insinúa que de lo que se dice.

Algo similar ocurre en La mujer sin cabeza, quizás una de sus películas más inquietantes. La protagonista atropella algo mientras conduce por una ruta y nunca queda claro qué fue exactamente lo que ocurrió. Ese vacío se transforma en el centro de la historia. Más que investigar el hecho en sí, la película se concentra en la forma en que la protagonista y su entorno reaccionan ante la posibilidad de haber cometido un acto grave. El resultado es un retrato incómodo sobre la negación y sobre las formas en que ciertas realidades pueden quedar ocultas dentro de determinados sectores sociales.

Durante varios años Martel se mantuvo alejada del estreno de nuevos largometrajes, lo que aumentó la expectativa sobre su regreso. Ese regreso llegó en 2017 con Zama, adaptación de la novela del escritor argentino Antonio Di Benedetto. La historia se sitúa en el siglo XVIII y sigue a un funcionario de la corona española destinado a una región periférica del imperio que espera, durante años, un traslado que nunca llega.

Aunque se trata de una historia ambientada en el pasado, la película mantiene muchas de las obsesiones de la directora: la sensación de encierro, la frustración y las estructuras de poder que determinan la vida de las personas. La espera interminable del protagonista se convierte en una metáfora de un sistema colonial rígido y absurdo.

Uno de los rasgos más reconocibles del cine de Martel es su trabajo con el sonido. En sus películas, los ruidos del ambiente tienen tanta importancia como las imágenes. Se escuchan ventiladores, insectos, conversaciones lejanas, pasos en los pasillos. Todo ese universo sonoro construye una sensación de realidad que envuelve al espectador y lo obliga a prestar atención a cada detalle.

Esa elección estética revela algo más profundo: para Martel, el cine no es solamente una forma de contar historias, sino una manera de percibir el mundo. Sus películas invitan a mirar y escuchar de otra forma. No ofrecen respuestas rápidas ni conclusiones cerradas. Más bien abren preguntas.

En un panorama audiovisual dominado por la velocidad y por relatos que buscan captar la atención de inmediato, la obra de Lucrecia Martel propone lo contrario: detenerse. Observar. Escuchar. Y quizás allí, en ese ejercicio paciente de mirar el mundo, se encuentre la verdadera anatomía de una artista.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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