Martín Caparrós y el hambre: la herida más vieja del mundo que sigue abierta

05.12.2025
FOTO: EL PAÍS ESPAÑA
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Aunque el planeta produce alimentos suficientes para todos, millones de personas siguen viviendo con el estómago vacío. El hambre, el monumental trabajo de Martín Caparrós, no solo narra esa injusticia estructural: señala la responsabilidad colectiva detrás de un drama que no debería existir. Esta nota revisita su obra para reflexionar sobre el fracaso ético de nuestra época.

El hambre de hoy ya no se parece al de los relatos antiguos. No tiene forma de plaga bíblica ni llega acompañado de catástrofes naturales que arrasan todo a su paso. Es más discreto y, por eso mismo, más cruel. Se instala en la vida cotidiana de millones de personas sin que el resto del mundo lo mire de frente. No hace ruido, no interrumpe la agenda global, no obliga a detenerse. Simplemente está ahí, día tras día, horadando cuerpos y destinos.

Martín Caparrós lleva años tratando de ponerle palabras a esa herida. En su libro recorre países, pueblos, ciudades, para entender algo que a primera vista parece absurdo: cómo puede ser que un planeta que produce más alimentos de los que necesita tenga todavía personas que no comen lo suficiente para vivir. La respuesta, inevitablemente, no está en la tierra ni en la falta de recursos, sino en la forma en que los distribuimos, en las reglas del mercado, en las prioridades políticas y económicas que elegimos sostener.

El número es enorme, pero también engañoso. Cuando se habla de cientos de millones de personas con hambre, lo que suele pasar es que la cifra se vuelve abstracta. Una estadística más, perdida en informes internacionales. Por eso Caparrós insiste en las historias concretas. Esas que obligan a mirar distinto: la mujer que cocina una sola vez al día porque no tiene otra opción; el niño que aprende a convivir con el vacío como si fuera una pieza más de su rutina; el hombre que trabaja pero aun así no puede pagar una comida completa para su familia. Cuando uno se detiene en esos relatos, la palabra "hambre" cambia de significado. Deja de ser un concepto y se convierte en una experiencia que duele.

Lo inquietante del hambre contemporáneo es que ya no es consecuencia directa de la falta de alimentos. La tragedia no está en lo que no se produce, sino en lo que no se reparte. Caparrós lo observa en distintos puntos del mundo: en regiones del Sahel donde la sequía se mezcla con la fragilidad política; en ciudades asiáticas donde las economías avanzan pero dejan a miles atrás; en países latinoamericanos donde la paradoja es insoportable, porque la tierra fértil abunda y aun así una parte de la población vive mal alimentada. El problema, visto así, deja de ser técnico y se vuelve ético. No es el clima ni la biología: somos nosotros.

En sus viajes, Caparrós también encuentra otra forma de hambre, quizás menos visible: la malnutrición disfrazada de abundancia. Personas que no pasan hambre en el sentido clásico, porque comen todos los días, pero que viven de alimentos baratos, ultraprocesados, capaces de llenar pero incapaces de nutrir. Son cuerpos que reciben calorías sin vitaminas, sin minerales, sin futuro. Es el hambre moderno: un exceso vacío, un desequilibrio que también enferma y también responde a decisiones de mercado y desigualdad.

Editorial: Planeta
Editorial: Planeta

A medida que uno avanza por las páginas del libro, se vuelve evidente que el hambre no es solamente la falta de comida. Es también la falta de oportunidades, de justicia, de políticas que acompañen, de un sistema que valore la vida por encima del beneficio. Caparrós escribe con la certeza amarga de que la humanidad ha fracasado en algo básico: garantizar que nadie muera o viva mal por no poder acceder a un derecho elemental.

Y sin embargo, en medio de ese diagnóstico tan crudo, hay un punto de luz. El autor insiste en que el hambre tiene solución. No es una fatalidad inevitable ni un fenómeno natural que debamos aceptar como clima o estaciones. Resolverlo no requiere inventar nada nuevo: requiere voluntad. Requiere que los Estados decidan dónde ponen sus prioridades. Requiere que el mundo mire hacia los lugares que normalmente silencia.

Al terminar su recorrido, Caparrós no ofrece un final optimista. No sería honesto. Pero sí deja planteada una pregunta que atraviesa todo: ¿cómo es posible que aceptemos convivir con un sufrimiento que sabemos evitable? Esa pregunta, incómoda como pocas, es tal vez el mayor aporte de su obra. Obliga a mirarnos, a pensarnos, a admitir que el mundo que hemos construido funciona para unos pocos y deja fuera a demasiados.

El hambre —dice sin decirlo— no es solo una tragedia ajena. Es un espejo.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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