Cuba enferma : La epidemia que  expuso todas las heridas de la isla 

18.11.2025
El país atraviesa uno de los brotes más extendidos de enfermedades transmitidas por mosquitos en décadas. Chikunguña, dengue y síntomas compatibles con Oropouche avanzan en un territorio marcado por apagones, basura acumulada, escasez médica y un sistema de salud agotado. El gobierno admite la gravedad mientras la población describe un panorama aún peor.

Cuando el presidente cubano reconoció públicamente que la isla vive "una epidemia", la frase llegó tarde para miles de familias que llevaban semanas conviviendo con síntomas, angustias y la sensación de que algo serio estaba ocurriendo sin que nadie lo admitiera. Los barrios estaban llenos de personas con fiebre, dolores articulares y erupciones cutáneas; las farmacias se habían transformado en un recorrido frustrante sin medicamentos; y los hospitales ya estaban al borde de su capacidad. Para la población, el anuncio no reveló nada nuevo: solo confirmó una realidad que hacía tiempo era inocultable.

Las cifras oficiales hablan de decenas de miles de contagios, pero la calle cuenta otra historia. "El que no se enfermó, se está por enfermar", repiten en distintas provincias. En ciudades como La Habana, Matanzas o Cienfuegos, hay cuadras enteras donde prácticamente todos pasaron por el mismo cuadro febril. La epidemia no llegó de sorpresa: se incubó en silencio, alimentada por un escenario perfecto para el mosquito que transmite estas enfermedades. Las lluvias constantes, el calor extremo y la degradación de los servicios públicos hicieron el resto.

Los apagones obligan a dejar ventanas abiertas para soportar la temperatura sofocante. Los montículos de basura pasan días sin ser recogidos, convirtiéndose en ecosistemas ideales para la reproducción del Aedes aegypti. Los salideros de agua se transforman en charcos permanentes donde el mosquito prolifera sin control. La disminución de fumigaciones —por falta de combustible, personal y equipamiento— terminó de cerrar un círculo peligroso. En ese entorno, el mosquito no solo se reproduce: domina. Y lo hace en un país debilitado, donde las precariedades de la vida diaria se vuelven aliadas involuntarias de la enfermedad.

En las ciudades, la sensación de vulnerabilidad es constante. En algunos barrios habaneros, la cantidad de mosquitos es irritante incluso a plena luz del día. Las noches sin electricidad, que se repiten con frecuencia, son un tormento: la gente duerme como puede, espantando insectos con la mano, improvisando velas o pequeños ventiladores a batería, y despertando con la esperanza de no haber sumado un contagio más a la lista familiar.

Los hospitales no dan abasto. En las salas de urgencia, las personas esperan sentadas en el piso, en pasillos estrechos, o incluso afuera, bajo el sol. Los médicos trabajan en condiciones extremas: calor insoportable, falta de reactivos, escasez de sueros, ausencia de analgésicos básicos. El diagnóstico se hace rápido, casi automático: fiebre alta, dolores musculares y articulares, malestar general, a veces manchas en la piel. Cuando hay test, se confirma; cuando no, se trata "como si fuera". Lo que se entrega es, muchas veces, lo poco disponible: paracetamol, reposo, mucha hidratación. Si hay suero, se coloca. Si no, el paciente vuelve a casa con indicaciones generales y la advertencia de regresar si empeora.

Esta epidemia dejó al descubierto algo que la población viene denunciando desde hace tiempo: el agotamiento del sistema de salud cubano, históricamente presentado como uno de los orgullos nacionales. Hoy, sin embargo, las carencias son visibles en todos los niveles. Faltan medicamentos, combustible para movilizar brigadas, equipamiento médico, reactivos para confirmar diagnósticos y camas para internar. La estrategia oficial —reforzar la fumigación, movilizar estudiantes de medicina para buscar febriles casa por casa, convocar expertos— resulta insuficiente frente a un escenario donde la infraestructura básica está dañada.

Las historias particulares revelan la profundidad del colapso. En un barrio de Cienfuegos, una mujer cuenta que en su casa enfermaron ocho personas en menos de dos semanas: "Primero mi madre, después mis hermanos, luego mis hijos. Todos con fiebre y dolores que no los dejaban moverse". Asegura que no ve un fumigador desde hace más de un año. En Matanzas, un joven narra que esperó seis horas para entrar al hospital: "Había pacientes tirados en camillas porque no había camas. Me pusieron suero y me mandaron a casa. Al otro día estaba peor". En Santiago, algunos centros reportan más de mil personas por día consultando por síntomas similares, con médicos atendiendo jornadas que superan las doce horas consecutivas.

Mientras tanto, otra epidemia recorre el país: la desinformación. En un contexto donde el acceso a la información es limitado y fuertemente controlado por el Estado, la población recurre a redes sociales y grupos de mensajería para obtener datos. Cada día circulan fotos de basurales, videos de hospitales saturados y testimonios de familias que llevan semanas lidiando con síntomas incapacitantes. Esa circulación informal se ha convertido en la herramienta más utilizada para medir la magnitud real de la crisis. Ante la falta de transparencia, el miedo y la incertidumbre alimentan rumores de todo tipo. Lo único claro es que la enfermedad ya está presente en prácticamente todo el país, y que la respuesta institucional es insuficiente.

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La epidemia, además, llega en un momento de fragilidad política y económica extrema. El país enfrenta una crisis de combustible, un deterioro profundo de los servicios públicos y un descontento social cada vez más visible. Para muchos, la incapacidad para controlar el brote es el reflejo de un Estado debilitado que reacciona tarde y mal. La migración, que ya era masiva, se ve afectada: quienes planen salir temen contagiarse antes de viajar; otros directamente buscan evitar enfermarse en un entorno donde resulta casi imposible escapar del mosquito.

Hoy, Cuba enfrenta un enemigo pequeño, casi invisible, pero devastador. Y lo hace en un momento donde cada debilidad pesa el doble. La epidemia es más que un brote: es una radiografía profunda del país. Revela la fragilidad de su infraestructura, la presión insoportable sobre el sistema sanitario y la carga emocional que llevan las familias. También muestra un sentimiento extendido de desprotección: la sensación de que la vida cotidiana depende más de la suerte, la improvisación y la resistencia individual que de una respuesta colectiva sólida.

El brote pasará —como pasan todos—, pero la huella que deja es la de un país obligado a mirarse en un espejo que durante años trató de evitar. La enfermedad expuso lo que muchos sabían pero pocos podían decir: Cuba está exhausta, y esta epidemia no hizo más que desnudarlo.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez


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