Otra vez un golpe bajo: pasan los años y la clase política no aprende

El cruce reciente entre legisladores, que incluyó disculpas por la difusión de información sesgada y una respuesta marcada por referencias personales, volvió a dejar una sensación conocida. No tanto por el episodio en sí, sino porque refleja una dinámica que se repite con demasiada frecuencia en la política uruguaya.
Hay polémicas que duran lo que dura el ciclo de noticias. Se discuten, se comentan, se consumen y, casi sin que nadie lo advierta, se olvidan. Titulares que se evaporan con la misma rapidez con la que surgieron. Pero algunas escenas dejan algo más que ruido mediático. Dejan una incomodidad persistente, una sensación difícil de explicar y aún más difícil de ignorar: la de haber presenciado algo que ya vimos demasiadas veces.
Lo ocurrido entre la senadora Lilián Abracinskas y el senador Javier García encaja bastante bien en ese molde.
Primero fue una publicación en redes sociales. Una interpretación de datos patrimoniales que, con el paso de las horas, fue reconocida como sesgada. Luego llegaron las disculpas, en un gesto que en teoría debía cerrar el episodio. Sin embargo, cuando parecía que la discusión empezaba a perder fuerza, el intercambio tomó otro tono. García denunció que durante el cruce se había mencionado la memoria de su madre fallecida. La conversación, entonces, dejó de ser solamente política.
Y allí aparece lo verdaderamente relevante.
Porque más allá de los detalles del caso, que cada actor explicará según su perspectiva, lo que vuelve a asomar es un patrón que ya no sorprende. La rapidez con la que un cruce digital escala. La facilidad con la que el debate se endurece. La tendencia casi automática a que la discusión derive en un terreno más emocional que argumental.
Nada demasiado novedoso. Nada demasiado excepcional.
Hace tiempo que las redes sociales dejaron de ser un espacio secundario para la política. Hoy funcionan como tribuna, campo de batalla, vidriera y amplificador. Allí se polemiza, se responde, se ironiza, se ataca y se defiende. Y muchas veces también se exagera. La política contemporánea no solo se expresa en ese terreno. Se moldea allí.
En ese ecosistema se mueven con naturalidad figuras como Graciela Bianchi o Sebastián Da Silva, protagonistas habituales de cruces intensos que luego se trasladan al debate mediático. No se trata de casos aislados. Es parte del clima político actual.
El problema es que la lógica de las redes no siempre se lleva bien con la lógica del debate público.
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Las plataformas premian la reacción inmediata, la frase contundente, el mensaje que impacta y se viraliza. No el matiz. No la duda. No la argumentación paciente. No la complejidad. En ese territorio, la moderación rara vez genera aplausos.
Cuando esa dinámica se traslada sin filtros a la discusión política, el resultado suele ser previsible. Más ruido que contenido. Más tensión que ideas. Más espectáculo que reflexión.
La política nunca fue un espacio ingenuo. Siempre hubo chicanas, acusaciones, ironías y golpes bajos. El conflicto forma parte de su ADN. Pero algo cambió en los últimos años.
Lo que cambió fue la amplificación.
Hoy un mensaje puede instalar sospechas o indignaciones en cuestión de minutos. Una insinuación mal planteada puede recorrer el país antes de que exista contexto. Y cuando llega la rectificación, si es que llega, rara vez tiene el mismo alcance.
La desproporción entre el daño inicial y la corrección posterior se ha vuelto parte del paisaje.
Ahí aparece una pregunta incómoda.
Hasta qué punto los propios actores políticos son conscientes del desgaste que generan estas dinámicas. Porque cada episodio suma una capa más a la fatiga ciudadana. No porque la gente espere una política sin conflicto, sino porque observa cómo discusiones relevantes quedan desplazadas por intercambios que parecen pensados más para la tribuna que para el fondo del asunto.
Mientras tanto, los problemas reales siguen esperando.
Seguridad. Educación. Economía. Salud mental. Convivencia. Temas complejos que no se resuelven a golpe de tuit.
También hay algo más profundo en juego.
Uruguay ha cultivado durante décadas una cierta idea de sobriedad institucional. Una forma de confrontar donde, aun en la dureza, existían límites implícitos. Esa cultura no se rompe en un solo episodio, pero se erosiona cuando determinadas prácticas dejan de ser excepcionales.
El riesgo no es el escándalo puntual.
El riesgo es la normalización.
Que el golpe bajo ya no indigne. Que el exceso ya no sorprenda. Que la agresividad discursiva pase a ser paisaje.
Cuando eso ocurre, el deterioro no es solo del lenguaje.
Es del clima democrático.
Porque el debate público no se degrada únicamente cuando faltan ideas. También se degrada cuando la confrontación pierde sustancia y la atención colectiva queda atrapada en polémicas que consumen energía pero no producen claridad.

Todo empieza a sentirse conocido.
Repetido.
Previsible.
Y en esa repetición hay algo silenciosamente peligroso: la resignación. La sensación de que todo es más o menos lo mismo.
Nada más corrosivo para la vida cívica que esa percepción.
Uruguay no está inmune a ese desgaste.
Ninguna democracia lo está.
Cada episodio que refuerza la idea de una política atrapada en la lógica del golpe bajo suma un pequeño grano de arena en esa erosión.
Porque las culturas políticas no se rompen de golpe.
Se desgastan.
Y en ese desgaste lento se juega algo más profundo que una polémica coyuntural. Se juega la calidad del debate público, la confianza y la credibilidad.
Tal vez lo más inquietante no sea el episodio reciente.
Sino la sensación de familiaridad.
Otra vez la tensión. Otra vez la polémica. Otra vez la discusión desplazada hacia el terreno menos fértil.
Y entonces aparece la pregunta de fondo.
Qué mensaje termina recibiendo la ciudadanía.
Qué idea del debate público se consolida.
Porque la política no solo decide leyes.
También modela el tono de la convivencia.
Ojalá que, en algún momento, nuestra clase política se parezca más a esa intuición que Jorge Drexler canta en Los puentes: "que cuando la noche esté más cercada y confusa, sobreviva el coraje de tender puentes y también el de cruzarlos". Porque si algo necesita hoy el debate público no es más ingenio hiriente ni más golpes bajos, sino valentía para reconstruir vínculos, matices y confianza.
Fuente: Jorge Drexler - Los Puentes Recorded Live: 2/6/2018 - Paste Studios - New York, NY
El aplauso fácil dura un instante.
Los puentes, en cambio, permiten avanzar.
Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.

