Patagonia en llamas: cuando el sur arde y el planeta pide algo tan simple como atención

El fuego vuelve a avanzar sobre la Patagonia y, como casi siempre, fingimos sorpresa. La lluvia llega tarde, el daño queda, y la Tierra vuelve a recordarnos —con paciencia incómoda— que no es infinita.
El martes por la tarde el cielo se oscureció antes de tiempo. No fue una nube de tormenta ni un cambio brusco del clima. Fue humo. Un humo espeso, bajo, persistente, de ese que no se disipa rápido y que se mete en las casas aun con las ventanas cerradas. En la Patagonia, ese olor ya no necesita explicación. No hay que mirar el noticiero ni consultar redes sociales. Cuando aparece, todos saben lo que significa.
El fuego volvió a avanzar. Lo hizo sin apuro, pero sin pausa, como suelen hacerlo las cosas que encuentran el terreno preparado. Avanzó sobre bosques antiguos, sobre laderas que habían resistido inviernos, nevadas y siglos de viento. Avanzó rápido, porque todo estaba listo para que lo hiciera: meses de sequía, temperaturas más altas de lo habitual y una vegetación seca que cruje bajo los pies como papel viejo.
Nada de esto ocurrió de golpe. Tampoco fue imprevisible. El incendio no cayó del cielo. Se fue armando con paciencia, día tras día, mientras el clima acumulaba señales y el territorio se volvía cada vez más frágil. El viento patagónico, ese que forma parte del paisaje y del carácter local, terminó de empujar la escena. No inventó nada: solo aceleró lo que ya estaba en marcha.
Como cada verano, llegó el momento de las evacuaciones. Casas que se dejan a las apuradas, con la puerta cerrada como un gesto casi simbólico. Familias que cargan lo indispensable: documentos, algo de ropa, una mascota. Todo lo demás queda atrás, esperando que el fuego decida si lo respeta o no. Hay algo profundamente injusto en ese momento: la sensación de que lo que llevó años construir puede desaparecer en una noche.
Los centros de evacuación se llenan de silencios. No hay gritos ni escenas espectaculares. Hay mates tibios, teléfonos sin señal y una espera incómoda que nadie sabe cuánto va a durar. Se habla poco. Se mira mucho. El humo, a lo lejos, marca el pulso de la noche.
Mientras tanto, en el frente del fuego, brigadistas y bomberos trabajan con el cuerpo. No con discursos. Con palas, mochilas de agua, mangueras y cansancio acumulado. Jornadas largas, rostros ennegrecidos, movimientos cada vez más lentos al final del día. No hay épica en eso. Hay insistencia. Hay una decisión colectiva de frenar lo inevitable, aunque sea unos metros más adelante.
En algunos focos se investiga la posible intervención humana. A veces es descuido. Otras veces algo peor. Una quema mal apagada, una chispa mínima, una acción deliberada. Basta poco para desatar una catástrofe. El bosque patagónico no responde al ritmo de la urgencia humana. Crece lento. Se recupera lento. Quemarlo es fácil. Recuperarlo, no.
Ahí aparece una ironía difícil de esquivar. Hablamos del "cuidado del ambiente" como si fuera una consigna abstracta, algo que se declama una vez al año. Pero después hacemos todo lo contrario. Nos sorprendemos por incendios cada vez más grandes, pero seguimos viviendo como si el mundo tuviera repuestos infinitos. No los tiene. Nunca los tuvo. Simplemente ahora empezó a notarse más.
El fuego no solo quema árboles. Quema suelos, rompe equilibrios, elimina refugios. Cuando las llamas bajan, el problema no termina. El suelo queda desnudo, incapaz de retener humedad. Las raíces muertas ya no sostienen la tierra y la erosión hace su trabajo en silencio. Lo que antes era bosque se vuelve vulnerable a la próxima lluvia fuerte, al próximo viento, al próximo incendio.
El daño no siempre es visible de inmediato. Algunas especies no regresan. Algunos animales no encuentran dónde volver. El bosque nativo no es solo un conjunto de árboles bonitos para la postal turística. Es una red compleja que regula el agua, el clima y la vida. Cuando se quema, no se pierde solo paisaje. Se pierde tiempo. Se pierden años.
En medio de la emergencia, llegó la lluvia. Fue poca. Despareja. Sin estruendo. No apagó los incendios, pero bajó la temperatura y permitió un respiro. No fue salvación, fue tregua. Un paréntesis breve que ayudó a reorganizar el combate y ganar algo de tiempo. Nadie festejó demasiado. La experiencia enseña que la lluvia no borra lo ocurrido. Apenas lo subraya.
Resulta curioso —y un poco absurdo— que dependamos de unas gotas para salvar ecosistemas enteros. Como si el problema fuera siempre externo. Como si el planeta nos debiera algo. La Tierra, sin embargo, no negocia. No castiga. No se venga. Responde. Y lo hace con una lógica simple: a más presión, más consecuencias.
Después vienen las declaraciones oficiales, las emergencias declaradas, los anuncios. Todo necesario. Todo urgente. Pero lo más difícil empieza cuando el fuego se apaga. Reconstruir. Pensar a largo plazo. Evitar que el próximo verano sea una repetición exacta del anterior. Porque el incendio no entiende de calendarios electorales ni de excusas administrativas. Vuelve. Insiste. Se repite.
La Patagonia suele ser presentada como un lugar lejano, casi mítico. Un territorio que parece inmune a los problemas del resto del mundo. Lo que está ocurriendo demuestra lo contrario. Lo que arde en el sur no es un caso aislado. Es un espejo. Un recordatorio incómodo de que la crisis ambiental no reconoce geografías ni privilegios.
Cuidar el mundo no es un gesto grandilocuente. No requiere consignas épicas ni discursos inflamados. Requiere algo más incómodo: atención, límites y memoria. Requiere entender que el paisaje no es un decorado y que el bosque no es un obstáculo al desarrollo. Es, simplemente, parte de la vida que sostiene todo lo demás.
El fuego en la Patagonia no es una advertencia apocalíptica. Es una consecuencia. De decisiones pequeñas, repetidas, normalizadas. De creer que siempre habrá tiempo. De pensar que el daño ocurre lejos, hasta que ocurre cerca. Muy cerca.
Cuando el humo finalmente se disipa, queda un silencio distinto. Pesado. No es el silencio del bosque. Es el de la ausencia. Y ahí aparece la pregunta que más incomoda, la que no se apaga con lluvia ni con promesas: ¿vamos a seguir llamando "emergencia" a lo que ya se volvió costumbre?
El planeta no necesita que lo salvemos. No lo pide. Lo único que parece pedir —cada vez con menos paciencia— es algo bastante más simple: que dejemos de prender fuego donde todavía queda vida.
Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.

