Pereira y el no entender al ciudadano: difícil de creer

05.04.2026
Si la política se sorprende por lo que opina la gente, quizás el problema no sea la

Hay declaraciones que, sin proponérselo, terminan revelando más de lo que dicen. Cuando Fernando Pereira afirmó que le cuesta entender por qué gestiones que considera exitosas no cuentan con mayor respaldo, dejó planteada una discusión que excede los nombres propios. La pregunta, en realidad, es otra: ¿qué pasa cuando la política se sorprende por la reacción de la ciudadanía?

Porque detrás de esa frase hay una idea implícita. Que si una gestión es buena, el apoyo debería aparecer casi de manera automática. Como si la opinión pública fuera una consecuencia directa de la evaluación técnica. Como si el ciudadano funcionara con la misma lógica que un informe de balance.

Pero la política nunca fue así. Y el votante, menos.

La gente no evalúa con planillas ni con indicadores de rendimiento. Evalúa desde su experiencia cotidiana. Desde lo que siente que mejora o no mejora. Desde la cercanía o la distancia con quienes gobiernan. Desde la percepción general del rumbo. Y en ese terreno, lo que para la dirigencia es un éxito, para el ciudadano puede ser apenas algo correcto, insuficiente o incluso irrelevante.

Ahí aparece la desconexión. No necesariamente profunda, pero sí visible. La política se pregunta por qué no hay más apoyo. El ciudadano, en cambio, simplemente opina. Sin dramatismo y sin necesidad de justificarlo demasiado.

Hay algo de ironía en todo esto. La sorpresa parece surgir porque la gente no coincide con la evaluación interna. Como si el electorado tuviera que confirmar diagnósticos. Como si el respaldo fuera una especie de validación técnica. Pero la política no funciona así. Nunca funcionó así.

De hecho, la historia muestra lo contrario. Gestiones valoradas han perdido apoyo y otras más discutidas han logrado sostenerlo. La gestión importa, claro, pero no alcanza. También pesan la comunicación, la cercanía, la empatía y la capacidad de interpretar el clima social. Cuando alguno de esos elementos falla, el resultado no siempre acompaña.

Plantear que cuesta entender al ciudadano también deja entrever otra cuestión: la política, a veces, mira a la sociedad como si fuera un enigma. Pero el votante no es imprevisible. Reacciona a lo que vive. Si no percibe mejoras, si no siente cercanía o si no se identifica con el mensaje, el entusiasmo no aparece. No hay demasiado misterio.

Tal vez el problema esté en cómo se formula la pregunta. No se trata de por qué la ciudadanía no acompaña, sino de qué está faltando para que lo haga. Cambiar el enfoque implica asumir que el respaldo no se da por inercia, sino que se construye.

Además, hay algo que suele pasarse por alto: la gente no separa todo con precisión institucional. No distingue cada responsabilidad ni analiza cada gestión en detalle. Lo que predomina es una sensación general. Un clima. Y ese clima puede no coincidir con la autopercepción de éxito que tiene la dirigencia.

Por eso, más que sorprendente, la reacción ciudadana debería ser un dato a interpretar. No como un error de la gente, sino como una señal. Cuando la política se desconcierta frente a la opinión pública, probablemente no esté fallando la ciudadanía.

El ciudadano, mientras tanto, sigue haciendo lo que ha hecho siempre: evaluar con su propio criterio. Sin obligación de coincidir y sin necesidad de explicar demasiado. Difícil de creer para algunos, pero bastante habitual para el resto.


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