Río de Janeiro, en llamas: La guerra contra el comando vermelho

Una operación policial sin precedentes dejó más de 60 muertos y decenas de detenidos en Río de Janeiro. El blanco fue el Comando Vermelho, la organización criminal más poderosa del país. Lo que debía ser un golpe quirúrgico terminó exponiendo la magnitud de una guerra urbana que el Estado brasileño parece lejos de ganar.
Amanecer bajo fuego
El lunes 28 de octubre, a las cinco de la mañana, los helicópteros ya rugían sobre el cielo de Río de Janeiro. Desde el aire, las favelas del Complexo do Alemão y el Complexo da Penha parecían un tablero de guerra: blindados avanzando por callejones, sirenas que se confundían con gritos, ráfagas de fusiles y un humo espeso que mezclaba pólvora y rutina.
El operativo, bautizado Contención, involucró a más de 2.500 agentes de la Policía Militar y de unidades especiales. Según el gobierno estatal, el objetivo era desarticular el corazón operativo del Comando Vermelho (CV), la organización criminal más poderosa de Brasil.
El resultado: 64 muertos, 81 detenidos y una ciudad paralizada.
Las autoridades lo celebraron como un "éxito estratégico". Las ONG de derechos humanos, en cambio, hablaron de una masacre. Y en el medio, los vecinos hicieron lo de siempre: sobrevivir.
"Cuando empiezan los tiros, uno ya sabe a quién llamar: a nadie", dijo una vecina del morro de Penha. "No hay policía que nos cuide ni criminal que nos proteja. Solo tratamos de no estar donde caen las balas".
El gobernador Cláudio Castro apareció en conferencia de prensa con tono triunfal. Aseguró que se trataba de "un golpe histórico contra el narcoterrorismo".
En un país donde cada operativo deja su propio cementerio, el adjetivo "histórico" empieza a sonar casi rutinario. Río parece condenado a celebrar sus tragedias como victorias.
El Comando Vermelho: la empresa del abandono
El Comando Vermelho nació en 1979 en la prisión de Ilha Grande, en tiempos de dictadura militar. En ese encierro forzado, presos políticos y delincuentes comunes aprendieron a convivir, a organizarse y a crear un código que combinaba la disciplina política con la lógica criminal. Su lema era simple y seductor: paz, justicia y libertad.
Cuatro décadas después, el lema sigue pintado en los muros de las favelas, pero con otro significado: paz para quien obedece, justicia para quien traiciona y libertad para quien controla las armas.
Hoy el CV domina más del 50 % de las favelas de Río. No solo trafica drogas: administra territorios, impone reglas, resuelve conflictos, financia fiestas y, en algunos casos, garantiza un orden más estable que el del propio Estado.
Paradójicamente, su poder nace del vacío. Donde el Estado no llega —ni con servicios, ni con escuelas, ni con oportunidades—, el Comando Vermelho se instala. Y cobra peaje, literal y simbólico.
Su líder actual, Edgar Alves de Andrade, alias Urso o Doca da Penha, sigue prófugo. Hay una recompensa de cien mil reales por su cabeza, pero en los barrios donde manda, no hace falta cartel alguno: su autoridad es conocida, respetada y temida.
El sociólogo Luiz Eduardo Soares lo resume con una frase que incomoda tanto como explica:
"El Comando Vermelho no es solo una banda. Es un Estado alternativo. Mientras el Estado oficial solo entra con balas, el Comando entra con presencia".
Ese contraste lo entiende cualquiera que viva en una favela: el Estado aparece con uniformes y sirenas; el Comando, con comida, favores o protección. Y aunque ninguno es inocente, uno de los dos está todos los días.
Fuente: Noticias desde la Guiara
La Operación Contención: números que no cuentan
La operación del 28 de octubre fue planificada durante más de un año. Se la presentó como un despliegue quirúrgico, pero la precisión quedó sepultada bajo el ruido de las armas.
Los enfrentamientos se extendieron por más de doce horas. En los techos, francotiradores; en las calles, cuerpos tendidos.
El balance oficial fue presentado como una victoria táctica: 75 fusiles incautados, 30 pistolas, cientos de municiones y varios laboratorios desmantelados. Pero los números del éxito omiten otros datos menos presentables: niños sin clases, familias desplazadas, ambulancias sin acceso, vecinos sin luz ni agua durante días.
La Defensoría Pública de Río denunció posibles ejecuciones extrajudiciales. Algunos cadáveres tenían disparos en la cabeza o el pecho, otros las manos atadas. El Ministerio Público abrió una investigación que, como tantas otras, probablemente se archive con el tiempo.
El gobierno, mientras tanto, reiteró su satisfacción: "El crimen recibió el mensaje", dijo el secretario de Seguridad.
Y lo recibió, sí. Pero también lo reenvió.
A los pocos días, el Comando Vermelho había retomado varios puntos de venta y difundido un comunicado informal en redes donde prometía "respuesta". En Río, todos saben lo que significa una respuesta del CV: una nueva balacera, otro operativo, más muertos anónimos.
La ciudad vive un ciclo que se repite con la precisión de un reloj: operativo, muertos, conferencia de prensa, luto, olvido.
Y vuelta a empezar.
Los cariocas ya aprendieron a medir el tiempo por las sirenas y los tiros. Lo demás —las elecciones, los discursos, los planes de seguridad— parece puro ruido de fondo.
Río, espejo de Brasil
La violencia en Río no es un fenómeno aislado ni reciente. El Comando Vermelho mantiene presencia en al menos nueve estados brasileños y compite con el Primer Comando da Capital (PCC) de São Paulo por el control del tráfico interno.
La frontera amazónica, las rutas fluviales y los puertos del nordeste conforman una red criminal que conecta Brasil con África y Europa.
Mientras tanto, el gobierno federal evalúa declarar al CV como organización narcoterrorista. La medida permitiría operativos militares y penas más duras, algo que entusiasma a los sectores más duros de la seguridad. Pero también despierta preocupación entre juristas y defensores de derechos humanos, que temen que el remedio agrave la enfermedad.
"Militarizar la seguridad pública es como apagar un incendio con gasolina", advirtió el exministro de Justicia Tarso Genro.
Pero en un país donde el miedo cotiza alto, las soluciones con uniforme suelen sonar tranquilizadoras.
En las calles de Río, la normalidad se mide por la frecuencia de los tiroteos. "Hoy no hubo balacera" se ha convertido en una frase de alivio, casi un deseo. En los barrios altos, mientras tanto, el tema se discute entre cafés, titulares y promesas de campaña.
El contraste es tan cotidiano que ya ni escandaliza.
Brasil parece vivir dos realidades paralelas: una donde el Estado intenta imponer orden con más armas, y otra donde la violencia se ha convertido en un paisaje más, una costumbre.
Entre la fe y la pólvora
Río de Janeiro es una ciudad con dos postales: el Cristo Redentor mirando al Atlántico, y los techos de zinc marcados por los disparos.
En una, la fe; en la otra, la pólvora.
La ciudad maravillosa, cuna del carnaval, del samba y del fútbol, también es el laboratorio de una guerra urbana que no cesa. Mientras los turistas caminan por Ipanema con agua de coco, en Penha los niños aprenden a tirarse al suelo cuando escuchan un estampido.
Ambas escenas ocurren al mismo tiempo, en la misma ciudad, bajo el mismo sol.
El verdadero problema de Río no es solo el crimen, sino la convivencia con la violencia como parte de su identidad. Cada operativo parece una promesa incumplida: la de un Estado que aparece solo cuando dispara.
La "contención" que tanto celebra el gobierno debería empezar por otro lado: educación, empleo, servicios básicos, confianza. Pero eso no genera titulares ni fotos espectaculares.
Mientras tanto, Río sigue su ritmo extraño, suspendido entre el carnaval y el duelo, entre la samba y el silencio.
Quizás esa sea la ironía más dolorosa de todas: que la ciudad más hermosa de Brasil sea también su espejo más cruel.
Río, la ciudad maravillosa, sigue maravillando al mundo. No solo por su belleza, sino por su obstinada capacidad de sobrevivir a sí misma.
Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.


