Victoria Ocampo o la dificultad de pensar en voz alta

A 47 años de su muerte, Victoria Ocampo sigue siendo una figura incómoda. Escritora, ensayista y editora, fue una intelectual que eligió la lectura y el pensamiento crítico como formas de libertad, aun cuando eso implicara quedar sola, ser cuestionada o no encajar en ningún relato cómodo.
Cada aniversario de Victoria Ocampo vuelve a poner en circulación una pregunta que incomoda tanto como su figura: qué hacemos hoy con una intelectual que no se dejó domesticar por ninguna época. Se la recuerda, se la cita, se la nombra con respeto, pero no siempre se la lee. Y cuando se la lee, no siempre se la acepta. Tal vez porque Victoria Ocampo no escribió para agradar ni para construir una imagen conciliadora de sí misma. Escribió para pensar y para decir lo que pensaba, incluso cuando eso la colocaba en un lugar incómodo, incluso cuando la dejaba expuesta.
Nació en Buenos Aires en 1890, en una familia de la alta sociedad porteña, en un país que todavía estaba terminando de pensarse a sí mismo. Creció rodeada de privilegios materiales, pero también de restricciones simbólicas muy claras. Para una mujer de su clase y de su tiempo, el destino estaba más o menos trazado: educación doméstica, matrimonio, vida social controlada y discreción. Ocampo nunca rompió con ese mundo de manera estridente, pero lo fue desarmando desde adentro, con una perseverancia silenciosa que terminó siendo más radical que muchos gestos grandilocuentes.
Aprendió idiomas antes de consolidar el español, leyó literatura europea desde muy joven y desarrolló una relación temprana con los libros como espacio de libertad personal. Sin embargo, esa formación no vino acompañada de un reconocimiento social inmediato. Ser mujer, aun con recursos y apellido, seguía siendo una frontera. Esa experiencia de límite, de permiso a medias, de voz tolerada pero no celebrada, atraviesa toda su obra y explica en buena medida su obstinación por escribir en primera persona.
Victoria Ocampo no eligió la ficción como refugio. Eligió el ensayo, la reflexión autobiográfica, la intervención directa. Escribió desde el yo cuando eso todavía era leído como un gesto impropio, especialmente en una mujer. No buscó esconderse detrás de un narrador ni disimular su posición. Asumió que pensar implicaba exponerse y que escribir era una forma de hacerse cargo de esa exposición.
La fundación de la revista Sur en 1931 fue, en ese sentido, una consecuencia lógica de su recorrido personal y no solo un proyecto editorial. En un país sacudido por el golpe de Estado de 1930 y por un clima de fuerte inestabilidad política, Ocampo decidió crear un espacio de discusión cultural que apostara al intercambio, a la traducción y al diálogo entre tradiciones. Sur no fue una revista neutral ni pretendió serlo. Fue una toma de posición en favor de una cultura abierta, crítica y conectada con el mundo.
Por sus páginas circularon autores argentinos fundamentales y figuras centrales del pensamiento internacional. Pero más allá de los nombres, lo verdaderamente significativo fue la idea que sostenía ese proyecto: la convicción de que la cultura no debía protegerse encerrándose, sino poniéndose en relación. En un contexto donde el nacionalismo cultural ganaba fuerza, Ocampo defendió una identidad que se construía en diálogo y no en oposición permanente.
Esa postura le valió críticas persistentes. Se la acusó de extranjerizante, elitista, distante de la realidad nacional. Algunas de esas críticas señalaban tensiones reales, otras funcionaron como descalificaciones ideológicas. Ocampo nunca negó su origen ni intentó disimular su pertenencia de clase. Tampoco pidió disculpas por leer lo que le interesaba ni por publicar lo que consideraba valioso. Eligió sostener una posición incómoda: usar su lugar para ampliar el campo cultural, aun sabiendo que eso no la volvería popular.
Su figura tampoco encajó del todo en los relatos progresistas más cerrados ni en los conservadurismos tradicionales. Fue crítica de los totalitarismos europeos, defensora de la democracia y una voz persistente contra el autoritarismo. Esa coherencia ética la llevó a enfrentamientos con distintos gobiernos y sectores políticos. Durante el primer peronismo fue detenida, una experiencia que relató sin dramatismo, pero con claridad, como parte de una reflexión más amplia sobre el poder y la libertad.
Victoria Ocampo no escribió desde la épica del sufrimiento ni desde la autocompasión. Escribió desde la observación y la memoria. No construyó un personaje heroico de sí misma. Se mostró contradictoria, dubitativa, incluso injusta en algunos juicios. Esa falta de pulido es, paradójicamente, una de las marcas más humanas de su obra.
Mucho antes de que el feminismo se consolidara como movimiento visible y discurso dominante, Ocampo ya reflexionaba sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, la dificultad de acceder a espacios de decisión y la exclusión sistemática de las mujeres del canon cultural. Su vínculo intelectual con Virginia Woolf fue decisivo en ese sentido. Leyó y difundió textos que cuestionaban la estructura misma de la producción cultural, cuando todavía eran recibidos con recelo.
Sin proclamas ni consignas, su feminismo fue una práctica sostenida. Publicó mujeres, tradujo autoras, abrió espacios de discusión y defendió el derecho de las mujeres a escribir sin pedir permiso. No lo hizo desde una identidad militante en el sentido contemporáneo, sino desde la convicción de que la cultura debía ser un espacio disputado y no heredado.
Los libros reunidos bajo el título Testimonios condensan buena parte de su pensamiento. No son obras de lectura cómoda ni lineal. Allí conviven recuerdos personales, reflexiones políticas, críticas literarias y observaciones sobre su tiempo. Ocampo no escribe para cerrar discusiones, sino para abrirlas. Sus textos avanzan, retroceden, se contradicen. Exigen un lector activo, dispuesto a acompañar un pensamiento que no se presenta como definitivo.
Leer hoy a Victoria Ocampo implica aceptar ese desafío. En una época marcada por la velocidad, la simplificación y la necesidad constante de tomar partido inmediato, su escritura propone otra temporalidad. Obliga a detenerse, a leer con atención, a tolerar la incomodidad de no estar siempre de acuerdo.
Esa incomodidad explica, en parte, por qué su figura sigue generando resistencias. Ocampo no se deja usar fácilmente como símbolo. No encaja del todo en ningún relato cerrado. No puede ser reducida a una etiqueta tranquilizadora. Fue una mujer atravesada por su tiempo, con sus límites y contradicciones, pero también con una coherencia intelectual que resulta difícil de encontrar.
A casi medio siglo de su muerte, su legado sigue siendo objeto de debate. Se la revisa desde nuevas perspectivas, se la discute, se la cuestiona. Ese ejercicio no la debilita. Al contrario, confirma su vigencia. Una figura que todavía genera discusión es una figura que no ha sido neutralizada por la historia.
En el presente, marcado por la sobreinformación, la polarización extrema y la dificultad para sostener debates complejos, la lectura de Victoria Ocampo adquiere un valor particular. No ofrece respuestas rápidas ni frases diseñadas para circular en redes sociales. Ofrece pensamiento. Y el pensamiento, a diferencia de la opinión, exige tiempo, silencio y disposición a la duda.
Recordar a Victoria Ocampo sin leerla es una forma de vaciar su legado. Convertirla en una efeméride amable es traicionar el núcleo de su obra. Ocampo escribió para intervenir en su tiempo, no para ser celebrada sin discusión. Leerla hoy no es un gesto de nostalgia ni un acto académico. Es una decisión política en el sentido más profundo del término.
En una sociedad que discute mucho pero lee poco, volver a Victoria Ocampo es recuperar la idea de que la cultura no es un adorno ni un lujo. Es una herramienta para pensar, para incomodarse, para no aceptar sin más lo que se presenta como evidente. Leerla es aceptar que la libertad no se ejerce solo en las urnas ni en los discursos, sino también en la relación que cada lector establece con los libros.
Victoria Ocampo no pidió unanimidad ni admiración. Pidió lectores. Lectores dispuestos a acompañar un pensamiento que no se acomoda, que no simplifica, que no busca quedar bien. Leerla hoy es asumir esa incomodidad como un valor. Porque en tiempos de ruido permanente y pensamiento rápido, detenerse a leer a Victoria Ocampo sigue siendo una de las formas más claras de defender la libertad de pensar.

