El fin del amor: Querer y coger en el siglo XXI: querer a alguien en tiempos donde todos tienen miedo de engancharse

17.05.2026
En su obra, Tamara Tenenbaum analiza las nuevas formas de vincularse, las contradicciones del amor moderno y el desconcierto afectivo de una generación que aprendió a cuestionarlo todo, incluso la manera de enamorarse.

Hubo una época en la que las relaciones parecían tener un recorrido más o menos claro. La gente se conocía, se ponía de novia, discutía por plata, por celos o porque alguien dejaba la mayonesa afuera de la heladera, pero existía cierta idea compartida de hacia dónde iba todo.

Hoy, en cambio, una persona puede dormir abrazada a otra durante seis meses y aun así aclarar que "no está preparada para una relación".

Bienvenidos al amor en el siglo XXI.

Sobre ese territorio emocional medio caótico escribe Tamara Tenenbaum en El fin del amor: Querer y coger en el siglo XXI, un ensayo que se convirtió en uno de los libros más discutidos de los últimos años justamente porque logra ponerle palabras a algo bastante difícil de explicar: la sensación de que nunca hubo tanta libertad para vincularse y, al mismo tiempo, tanta confusión emocional.

Porque si algo atraviesa el libro es esa contradicción moderna entre el deseo de independencia y la necesidad afectiva. Todos quieren vínculos honestos, sanos y libres. El problema es que nadie sabe demasiado bien cómo se construyen.

Entonces aparecen los "estamos viendo", las relaciones abiertas que funcionan hasta que alguien se enamora de verdad, los vínculos sin etiquetas, los chats eternos que nunca llegan a nada y las conversaciones sobre responsabilidad afectiva dichas por personas que desaparecen emocionalmente más rápido que un sueldo a mitad de mes.

Tenenbaum observa todo eso sin moralismo y sin nostalgia. No escribe desde el lugar de quien cree que antes el amor era mejor. Más bien entiende que muchas de las estructuras tradicionales estaban llenas de desigualdades, mandatos y frustraciones, especialmente para las mujeres.

El problema es que romper con esas estructuras no hizo desaparecer automáticamente la angustia.

Y ahí aparece uno de los puntos más interesantes del libro: la autora muestra cómo las transformaciones culturales cambiaron la forma de pensar el amor, pero no necesariamente simplificaron la experiencia de vivirlo. Porque una cosa es cuestionar el romanticismo tradicional y otra muy distinta es dejar de sufrir cuando alguien tarda nueve horas en responder un mensaje después de haberte dicho "me encantás".

Con una escritura muy cercana y llena de referencias cotidianas, Tenenbaum mezcla feminismo, filosofía, cultura pop y experiencias personales sin caer en el tono académico pesado. Puede pasar de hablar de Simone de Beauvoir a describir una cita incómoda de Tinder sin que el texto pierda naturalidad.

Y probablemente ahí esté buena parte de la razón por la que el libro conecta tanto con lectores jóvenes. Porque habla desde lugares reconocibles. Desde situaciones absurdamente contemporáneas. Desde vínculos donde nadie quiere parecer intenso. Desde personas que hablan de terapia, límites emocionales y deconstrucción mientras revisan compulsivamente la última conexión de WhatsApp.

El libro también pone el foco en cómo las aplicaciones de citas modificaron la manera de relacionarse. Nunca fue tan fácil conocer gente y nunca pareció tan complicado construir intimidad real. Hay una lógica de consumo rápido atravesando incluso los vínculos afectivos: si algo incomoda demasiado, se reemplaza. Si alguien exige compromiso, aparece el miedo. Si una conversación pierde novedad, siempre existe otro chat esperando.

En medio de esa dinámica, muchas relaciones terminan funcionando bajo la lógica del mercado: disponibilidad constante, validación inmediata y poca tolerancia a la frustración.

Tenenbaum entiende muy bien ese agotamiento emocional contemporáneo. La sensación de que incluso el amor se volvió un espacio donde hay que rendir examen permanentemente. Ser interesante, atractivo, emocionalmente responsable pero no demandante, independiente pero afectuoso, disponible pero no intenso. Un equilibrio tan absurdo que a veces parece más fácil sacar un crédito hipotecario que tener una conversación honesta sobre sentimientos.

Sin embargo, el libro evita caer en el cinismo. Hay ironía, sí. Mucha. Pero también hay sensibilidad. Porque detrás de toda esa discusión sobre vínculos modernos aparece algo bastante universal: el miedo a no ser querido.

Y quizás ahí esté la mayor inteligencia de El fin del amor: Querer y coger en el siglo XXI. En entender que, aunque cambien las formas, las aplicaciones y los discursos, las personas siguen buscando más o menos lo mismo que hace décadas: conexión, deseo, afecto y alguien que no desaparezca después de decir "llegué bien".

Lejos de ofrecer soluciones o recetas emocionales, Tenenbaum construye una especie de radiografía generacional donde conviven libertad, ansiedad, deseo y confusión. Un libro que logra capturar con bastante precisión el clima afectivo de una época donde todos parecen tener muy claro qué no quieren, pero bastante menos idea de qué hacer cuando alguien realmente les importa.

Porque al final, entre tanta deconstrucción, tantos vínculos líquidos y tantos discursos sobre autonomía emocional, el amor sigue teniendo algo incómodo: nadie termina de salir ileso.

Por: Kevin Martínez
Por: Kevin Martínez

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