El hábito de la lectura

31.05.2026
En este episodio, a propósito del Día Nacional del Libro, analizamos por qué nos cuesta tanto leer más. Hablamos de la lectura como hábito, de los desafíos que enfrenta nuestra atención en la era digital y de las pequeñas estrategias que pueden ayudarnos a recuperar el placer de abrir un libro y sumergirnos en una historia.


El 26 de mayo se celebró en Uruguay el Día Nacional del Libro, una fecha que también conmemora el

aniversario de la Biblioteca Nacional, la primera biblioteca pública del país, fundada en 1816. En

este episodio de Anatomía de una historia, partimos de esa fecha para hacernos una pregunta más

íntima y cotidiana: ¿qué lugar ocupa hoy la lectura en nuestra vida? Casi todo el mundo dice que

quiere leer más, pero esto no depende solamente de tener voluntad o tiempo libre, sino de algo

mucho más concreto: construir un hábito.


Para pensar la relación entre lectura y hábito, tomamos como punto de partida Hábitos atómicos, de

James Clear, un libro publicado en 2018 y convertido en un fenómeno dentro del universo de la

productividad, el desarrollo personal y la autoayuda contemporánea. Es uno de esos libros que

aparecen por todas partes: en podcasts, en reels, en conversaciones sobre entrenamiento, escritura

y alimentación.


El libro también despierta resistencias. Parte de la crítica hacia este tipo de discursos señala que

suelen apoyarse en una mirada demasiado individualista: la idea de que, si una persona organiza

bien su agenda, entonces todo depende de ella. Ese enfoque puede dejar afuera dimensiones

mucho más complejas, como la clase social, el trabajo, los cuidados, la salud mental y las condiciones

materiales de la existencia. No todas las personas tienen el mismo margen para ordenar su vida. No

todo se resuelve con levantarse más temprano, tomar más agua o dejar los championes prontos al

lado de la cama.


Sin embargo, también sería injusto desechar Hábitos atómicos únicamente desde ese prejuicio. Uno

de sus méritos está en ordenar y sistematizar ideas que tal vez ya conocíamos o intuíamos, pero que

al aparecer nombradas se vuelven más visibles. A veces no necesitamos una idea completamente

nueva, sino una forma más clara de formular algo que ya sabíamos, pero no estábamos pudiendo

practicar.


Una de las ideas más interesantes del libro es que los hábitos y el orden no necesariamente

restringen la libertad. Al contrario: pueden ampliarla. Solemos asociar la rutina con algo gris, como si

la libertad estuviera siempre del lado de la espontaneidad. Pero una buena rutina también puede

liberarnos: de tener que decidir todo desde cero y de esperar a "tener ganas".


Llevado al terreno de la lectura, esto abre una pregunta concreta: ¿qué pasa si leer depende siempre

de tener ganas, tiempo y concentración perfecta? Si la lectura queda reservada para el momento

ideal, pierde contra casi todo: el celular, el cansancio, las series, el trabajo, los mensajes pendientes,

el ruido mental. Pensar la lectura como hábito no significa convertirla en una obligación triste, sino

hacerle un lugar. Eso puede empezar dejando un libro en la mesa de luz, llevándolo en la cartera y

leyendo cinco páginas mientras tomamos un café.


El episodio también se detiene en otra idea central de Hábitos atómicos: la gratificación instantánea.


Vivimos rodeados de dispositivos y plataformas diseñadas para ofrecernos pequeñas recompensas

inmediatas: una notificación, un like, un video corto, una distracción. La lectura funciona con otra

temporalidad. No siempre recompensa de inmediato. A veces las primeras páginas exigen paciencia;

a veces una novela nos pide entrar en un ritmo que no es el ritmo de la pantalla.

Por eso leer hoy puede ser contracultural. Leer supone sostener la atención, demorar la

recompensa, confiar en que algo se va a construir después: una imagen, una emoción, una idea, una

incomodidad, una forma nueva de mirar. La lectura no solo nos da información o cultura general;

también modifica nuestra relación con el tiempo y con el mundo.


El episodio propone, además, una mirada crítica sobre el auge de la autoayuda contemporánea.


Algunos críticos culturales han señalado que muchos de estos libros comparten una misma familia

discursiva: un tono accesible, ligeramente intelectual, atravesado por lenguaje terapéutico y por

grandes teorías sobre el comportamiento humano. A ese fenómeno se lo ha llamado "Tedcore", en

referencia a las charlas TED y a una forma reconocible de presentar el mundo: clara, pulida,

seductora, pero a veces demasiado inclinada a presentar lo obvio como si fuera una revelación.


En ese sentido, Hábitos atómicos puede leerse como parte de esa corriente. James Clear explica

cómo modificar conductas —dejar de fumar, entrenar, estudiar, escribir un libro— a partir de

conceptos que, según sus detractores, muchas veces consisten en rebautizar cosas que ya hacemos.


La "acumulación de hábitos", por ejemplo, no es otra cosa que hacer algo después de hacer otra

cosa. Pero ponerles nombre a las prácticas también puede tener valor: permite verlas, recordarlas y

llevarlas a la acción.


A partir de ahí, el episodio vuelve al hábito de la lectura. Muchas veces, quien quiere leer más

empieza por el lugar equivocado: se propone leer cincuenta libros al año o terminar todos los

clásicos pendientes. Y ahí el hábito fracasa antes de empezar. La lectura queda asociada a una

versión perfecta de una misma: alguien que no se distrae, que subraya con lápiz, que toma notas,

que termina todo lo que empieza.


Pero leer no tiene por qué empezar así. Puede empezar con diez minutos, con una novela breve, con

un club de lectura o con abandonar sin culpa un libro que no era para este momento. Para querer

leer, necesitamos experiencias lectoras que no sean castigo y que no estén marcadas únicamente

por la obligación escolar o la culpa. A veces, se vuelve a leer encontrando el libro justo: no

necesariamente el más prestigioso ni el más difícil, sino ese que nos agarra en un momento

determinado de la vida y nos recuerda que leer puede ser una forma de compañía.


El episodio también aborda la lectura como práctica compartida. Solemos imaginarla como una

actividad solitaria, y en parte lo es: nadie puede leer por nosotros ni atravesar una frase

exactamente desde el mismo lugar. Pero la lectura también puede volverse comunidad. En Uruguay

existe la Red Nacional de Clubes de Lectura, que nuclea clubes en distintos puntos del país y

acompaña la creación de espacios lectores autogestionados. En mi caso, coordino el club de Lectores

Maldonautas, un espacio abierto y gratuito que se reúne el último martes de cada mes.


Un club de lectura parece algo sencillo: un grupo de personas se reúne alrededor de un libro y

conversa. Pero en esa conversación ocurre algo muy potente. Descubrimos que nadie leyó

exactamente el mismo libro. Cada quien subrayó otra frase, se molestó con otro personaje, se

emocionó en otra escena o sospechó de otro detalle. Un libro leído en comunidad deja de ser un

objeto cerrado para convertirse en una conversación.


Las recomendaciones del episodio son, entonces, muy concretas: empezar de a poco, dejar el libro

visible, llevarlo con nosotras si podemos, animarnos a leer libros breves, abandonar sin culpa cuando

un libro no es para este momento y buscar comunidad lectora. Y, para quienes además de leer

tengan ganas de escribir, empezar por algo posible: una imagen, una escena, un recuerdo, un

personaje.


Porque quizás para eso también sirve el Día del Libro: no solo para celebrar los libros como objetos

terminados, sino para preguntarnos qué lugar queremos que tengan le lectura y la escritura en

nuestras vidas.

Por: Giorgina Cerutti
Por: Giorgina Cerutti

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