Juan Gabriel Vásquez y los nombres de Feliza: arte, exilio y memoria en torno a Feliza Bursztyn

04.06.2026
Juan Gabriel Vásquez reconstruye la vida de la escultora colombiana Feliza Bursztyn y convierte una pregunta aparentemente simple, ¿puede alguien morir de tristeza?, en una exploración sobre la memoria, el arte, el exilio y la libertad.

La historia comienza con una frase. Tres palabras escritas por Gabriel García Márquez en enero de 1982 tras la muerte de la escultora colombiana Feliza Bursztyn en un restaurante de París: "Murió de tristeza". Aquella afirmación quedó suspendida durante décadas en la memoria cultural de Colombia. Ahora, Juan Gabriel Vásquez la recupera como punto de partida de Los nombres de Feliza, una novela que vuelve sobre la vida de una mujer extraordinaria y sobre las múltiples identidades que una persona puede asumir a lo largo de su existencia

Publicada en 2025, la obra se acerca a una de las figuras más singulares del arte latinoamericano del siglo XX. Hija de inmigrantes judíos europeos, escultora de vanguardia y protagonista de una trayectoria marcada por la irreverencia y la innovación, Feliza Bursztyn desafió los límites que su época intentó imponerle. Su trabajo artístico transformó materiales descartados en obras capaces de cuestionar convenciones estéticas y sociales, mientras su vida estuvo atravesada por tensiones políticas que terminaron empujándola al exilio.

Pero la pregunta que plantea el título es otra. ¿Por qué hablar de los nombres de Feliza?

La respuesta atraviesa toda la novela. Vásquez no se limita a reconstruir una biografía ni a narrar una secuencia de hechos históricos. Lo que propone es una indagación sobre las distintas versiones de una misma persona. Está la hija de exiliados que creció entre relatos de persecución y desarraigo. Está la artista que revolucionó la escena cultural colombiana. Está la mujer que desafió los mandatos de género de su tiempo y la figura pública observada con sospecha por sectores conservadores. Cada una de esas facetas constituye un nombre posible, una identidad diferente.

El plural del título funciona entonces como una declaración de principios. Nadie puede ser reducido a una sola definición. La identidad se construye a partir de experiencias, contradicciones, afectos y conflictos. Feliza fue muchas mujeres a la vez, y la novela intenta recuperar esa complejidad.

La obra se inscribe además en una de las preocupaciones centrales de la narrativa de Juan Gabriel Vásquez: la manera en que la historia colectiva irrumpe en la vida privada. Como ya ocurrió en varias de sus novelas anteriores, los grandes acontecimientos políticos aparecen aquí no como simples referencias de contexto, sino como fuerzas capaces de alterar destinos individuales. La persecución ideológica, la violencia política y el exilio terminan moldeando la vida de la protagonista hasta conducirla lejos de Colombia.

Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes del libro es su reflexión sobre los límites entre realidad y ficción. Durante años, Vásquez investigó la vida de Feliza Bursztyn, consultó archivos y reunió testimonios de quienes la conocieron. Pero la novela no busca establecer una verdad definitiva. Su propósito es distinto. Allí donde los documentos se detienen, la ficción intenta iluminar aquello que permanece oculto: los sentimientos, las dudas, los miedos y las emociones que rara vez quedan registrados por la historia.

En ese sentido, la pregunta sobre la tristeza adquiere una dimensión simbólica. Más allá de cualquier explicación médica, la novela explora el peso emocional del desarraigo y las marcas invisibles que deja el exilio. La muerte de Feliza en París aparece entonces como el desenlace de una vida atravesada por pérdidas, desplazamientos y luchas constantes por preservar la libertad personal y artística.

El libro llega también en un momento en que la literatura latinoamericana vuelve la mirada hacia figuras relegadas por los relatos oficiales. Lejos de construir un homenaje solemne, Vásquez recupera a una creadora fundamental para el arte colombiano y la presenta con todas sus contradicciones. Su Feliza no es un personaje idealizado ni una heroína sin fisuras. Es una mujer compleja, apasionada y vulnerable, capaz de desafiar las normas de su tiempo y de pagar un precio por ello.

Tal vez allí resida la vigencia de esta novela. En una época marcada por las etiquetas rápidas y las identidades simplificadas, Los nombres de Feliza recuerda que toda existencia humana contiene múltiples versiones de sí misma. Comprender a una persona implica aceptar esa diversidad de rostros, memorias y experiencias.

Feliza Bursztyn fue artista, hija de inmigrantes, exiliada, madre, figura pública y mujer rebelde. Ninguno de esos nombres alcanza por sí solo para definirla. Juntos, en cambio, componen el retrato de una vida excepcional y ayudan a entender el verdadero sentido de la novela de Juan Gabriel Vásquez: la búsqueda de aquello que permanece cuando los nombres cambian y la historia sigue

Por: Kevin Martínez
Por: Kevin Martínez

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