La caída más humana

25.05.2026

"He caído ante esta mujer…", susurró el mortal en voz baja, mientras desviaba la mirada como si al hacerlo pudiera esconder aquello que comenzaba a sentir.

Y es que jamás imaginó verse así.

Toda su vida había construido la idea de que el amor no era para él. Se convenció de que era mejor caminar solo, sin depender de nadie, sin entregar partes de sí que después pudieran romperse. Había aprendido a convivir con el silencio, con la costumbre de guardarse todo, con esa falsa tranquilidad que nace cuando uno deja de sentir demasiado.

Pero entonces apareció ella.

Y no fue inmediato. No hubo un instante exacto en el que pudiera decir: "aquí empezó todo". Fue algo más lento, más silencioso. Una manera distinta de mirar las cosas, una voz que lograba calmarle el ruido de la cabeza, una presencia que poco a poco empezó a ocupar pensamientos que antes le pertenecían solamente a él.

Al principio intentó negarlo.

Se repitió una y otra vez que aquello no tenía sentido, que no podía pasarle justamente a él, que había prometido no volver a sentir algo tan profundo por nadie. Pero el corazón, cuando decide avanzar, rara vez escucha a la razón.

Y así, sin darse cuenta, empezó a esperarla.

Empezó a encontrarla en pensamientos pequeños durante el día, en canciones, en silencios, en esos momentos donde el alma parece distraerse y termina diciendo verdades que la boca todavía no se anima a pronunciar.

"He caído…", volvió a pensar el mortal aquella noche.

Y por primera vez no lo sintió como una derrota.

Porque había algo hermoso en sentirse vulnerable frente a alguien. Algo humano en admitir que otra persona podía tocar partes de uno que llevaban años dormidas.

Sin embargo, el miedo seguía ahí.

El miedo a no ser suficiente.

El miedo a entregar demasiado.

El miedo a que aquello terminara convirtiéndose en una herida más.

Y aun así, pese a todo eso, no podía escapar de lo que sentía.

Había noches en las que imaginaba cómo sería decirle todo. Confesarle que ella había cambiado algo dentro suyo sin siquiera proponérselo. Que desde que apareció, el mundo parecía un poco menos frío y los días tenían un sentido distinto.

Pero callaba.

Porque a veces el amor también tiene silencios.

Silencios llenos de dudas, de inseguridades, de palabras que tiemblan antes de salir.

El mortal entendió entonces que enamorarse no era solamente querer a alguien. Era también enfrentarse a uno mismo. A las heridas viejas, al orgullo, al miedo de volver a caer.

Y aun sabiendo todo eso, aun sintiendo el vértigo de abrir el alma, había algo dentro suyo que deseaba quedarse cerca de ella.

Tal vez porque algunas personas llegan sin hacer ruido y terminan cambiándolo todo.

Tal vez porque el corazón reconoce ciertas almas incluso antes de entenderlas.

O tal vez porque, aunque pasó años negándolo, en el fondo siempre esperó encontrar a alguien capaz de hacerlo sentir así.

Y fue entonces cuando dejó de luchar contra aquello.

Bajó la mirada, sonrió apenas y aceptó la única verdad que ya no podía esconderse:

había caído ante esta mujer.

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