La violencia y las palabras: hoy toca reflexionar

26.04.2026
Cuando el lenguaje se vuelve territorio de disputa, pensar cómo hablamos también es una forma de intervenir en lo público.

Vivimos rodeados de palabras. Nos atraviesan. Organizan discusiones, moldean sentidos, crean climas. Pero en tiempos de crispación permanente, también pueden convertirse en un campo de batalla.

Hay una violencia visible, la que irrumpe en los hechos y en los cuerpos. Pero existe otra, menos evidente y no por eso menor, que se instala en el lenguaje: en la descalificación convertida en reflejo, en el insulto naturalizado, en la agresión asumida como forma legítima de discutir.

No es un detalle del presente. Es uno de sus síntomas.

Basta observar la conversación pública para advertirlo. En redes sociales, en la política, en los medios, incluso en intercambios cotidianos, muchas veces parece imponerse la reacción por sobre la reflexión, el golpe verbal por encima del argumento.

Todo ocurre rápido. Se responde antes de escuchar.

Y entonces aparece una pregunta que vale detenerse a pensar: ¿cuándo disentir empezó a parecerse tanto a destruir?

No es una inquietud moral. Es una pregunta política. Y también filosófica.

Porque cuando el otro deja de ser interlocutor para convertirse en enemigo, no solo se empobrece el debate: se erosiona algo más profundo, la posibilidad misma de construir un espacio común.

Ahí Hannah Arendt sigue diciendo algo decisivo. Pensó la política como ese lugar donde los seres humanos hablan y actúan juntos en la pluralidad. No desde la unanimidad, sino desde la diferencia.

Cuando esa trama se rompe, algo de la vida democrática se resquebraja.

También Michel Foucault advirtió que los discursos no son inocentes. Las palabras no solo describen el mundo: lo producen. Ordenan, legitiman, excluyen.

Nombrar nunca es neutral.

Por eso importa cómo hablamos.

Porque a veces la violencia no llega después del lenguaje. Empieza en él.

Pero pensar esto no debería conducir solo al diagnóstico.

También obliga a preguntarse por la potencia inversa.

¿Puede la palabra reparar?

La pregunta importa.

Porque si el lenguaje puede degradar, también puede abrir sentido, reconocer, construir.

En una época donde la conversación pública muchas veces se vuelve ruido, defender la palabra como espacio de pensamiento parece casi un gesto contracultural.

Y, sin embargo, quizá sea profundamente político.

No porque las palabras resuelvan todo.

No porque el conflicto desaparezca.

Sino porque una democracia no consiste en eliminar conflictos, sino en aprender a tramitarlos sin volver cada diferencia una guerra.

No es lo mismo confrontar ideas que arrasar con el otro.

No es lo mismo discutir que humillar.

No es lo mismo crítica que violencia.

Y aunque debería ser evidente, hoy conviene recordarlo.

Judith Butler ha insistido en que el lenguaje puede herir, pero también reconocer. Esa doble condición vuelve a la palabra una responsabilidad.

También para el periodismo.

Porque en una época marcada por la velocidad, la indignación rentable y el espectáculo del conflicto, el periodismo enfrenta una pregunta de fondo: ¿reproduce la lógica del grito o introduce pensamiento allí donde domina la reacción?

No es una cuestión técnica.

Es una decisión ética.

Y quizá una discusión sobre el sentido mismo de comunicar.

En El porqué de las cosas hemos insistido muchas veces en que no alcanza con narrar hechos.

Hace falta interrogarlos.

Entender qué revelan.

Qué estructuras exponen.

Qué preguntas abren.

La violencia en las palabras es una de esas preguntas urgentes.

Porque no empieza solamente en los grandes discursos extremos.

También aparece en gestos mínimos: cuando dejamos de escuchar, cuando caricaturizamos al otro, cuando suponemos que quien piensa distinto ya no merece ser comprendido.

Ahí también hay deterioro.

Pero también una posibilidad de resistencia.

Jürgen Habermas pensó la democracia como conversación pública, como intercambio de razones, como construcción de sentidos compartidos.

Puede sonar idealista.

Tal vez hoy hasta improbable.

Pero acaso por eso resulte urgente volver a pensarlo.

Porque una sociedad no se sostiene solo por instituciones.

También por el modo en que se habla.

Por las palabras que elige para tramitar sus conflictos.

Por aquello que decide no degradar.

Tal vez reflexionar hoy sobre la violencia y las palabras sea, en el fondo, preguntarnos qué convivencia queremos.

No para volver el debate más dócil.

Sino más humano.

Más riguroso.

Más consciente.

Más democrático.

Pues así están las cosas, amigos, y se las hemos narrado.

Por: Kevin Martinez
Por: Kevin Martinez

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