Maternidades incómodas: relatos sobre culpa, deseo y contradicción
En este episodio de Anatomía de una historia, Giorgina Cerutti explora maternidades atravesadas por la contradicción, la culpa, el deseo y la incomodidad. A partir de La hija perdida de Elena Ferrante, su adaptación cinematográfica The Lost Daughter y el caso de Yiya Murano, el episodio analiza relatos que cuestionan el ideal tradicional de la madre amorosa y perfecta. Una reflexión sobre todo aquello que la cultura suele ocultar cuando habla de maternidad.
Se acerca el Día de la Madre y, con esa fecha, suelen volver ciertas imágenes conocidas: la madre
amorosa, abnegada, disponible, siempre dispuesta a cuidar. Pero la literatura, y también el cine,
suelen explorar otras zonas. En lugar de confirmar esa imagen tranquilizadora, muestran madres que
dudan, se cansan, fallan. No encajan en el molde esperado. En este episodio de Anatomía de una
historia, exploramos relatos que representan maternidades atravesadas por la contradicción.
La primera obra que les recomiendo es la novela La hija perdida, de la escritora Elena Ferrante,
publicada originalmente en Italia en 2006 con el título La figlia oscura. Es una novela breve, pero
muy intensa, que se adentra en una zona particularmente incómoda: la maternidad como
experiencia ambivalente y como espacio donde pueden convivir el amor, el fastidio, la culpa, el
deseo de libertad y, a veces, la fantasía de desaparecer.
La protagonista es Leda, una profesora universitaria divorciada y madre de dos hijas adultas, Bianca
y Marta. Sus hijas están en Canadá con el padre y Leda decide pasar unas vacaciones sola en la costa
jónica. Al principio, esa soledad parece una forma de alivio, pero esa calma se ve interrumpida
cuando, en la playa, Leda empieza a fijarse en una familia napolitana ruidosa e invasiva, y
especialmente en una joven madre, Nina, y en su hijita Elena.
La fascinación de Leda por Nina y Elena no es casual. En esa joven madre ve una versión antigua de sí
misma: una mujer talentosa, con ambiciones intelectuales, pero absorbida por la crianza, el
matrimonio, las tareas domésticas y la demanda constante de las hijas. La novela avanza a partir de
un episodio aparentemente mínimo: Elena, la niña, se pierde durante unos minutos en la playa. Leda
ayuda a encontrarla y, por un instante, se convierte en una especie de heroína para la familia. Pero
luego sucede algo extraño: encuentra también la muñeca de la niña y, sin saber muy bien por qué,
se la lleva.
Ese robo infantil se vuelve el centro simbólico de la novela. La muñeca no es solo un juguete:
condensa la maternidad como teatro, como posesión, como repetición y también como objeto
cargado de deseo, agresividad y culpa. Leda, lugar de devolver la muñeca, se hunde cada vez más en
sus recuerdos. Allí aparece una revelación central de su historia, que permite entender mejor su
relación con la maternidad, aunque no la cuento para no arruinar ni el libro ni la película.
La adaptación cinematográfica, The Lost Daughter, fue estrenada en 2021 y está escrita y dirigida
por Maggie Gyllenhaal, en su debut como directora. La película está protagonizada por Olivia
Colman como Leda adulta, Jessie Buckley como la Leda joven y Dakota Johnson como Nina. Uno de
sus grandes desafíos es traducir al lenguaje audiovisual una novela extremadamente interior,
narrada desde la conciencia de Leda. Para hacerlo, la película trabaja con gestos, silencios,
incomodidades físicas y escenas de memoria que permiten mostrar aquello que en el libro aparece
como pensamiento.
La adaptación también introduce desplazamientos culturales importantes. En la novela, Leda es una
académica de Nápoles que vive en Florencia y observa a una familia napolitana que le resulta
ruidosa, invasiva y con una violencia latente. Esa familia funciona como una especie de retorno de lo
reprimido: una imagen de la ciudad, la clase, la lengua y el mundo familiar de los que Leda intentó
escapar mediante el estudio, la carrera académica y cierta idea de refinamiento intelectual. En la
película, en cambio, Leda es una académica de Yorkshire, Inglaterra, que vive en Boston y enseña en
Harvard. La familia que irrumpe en la playa pasa a ser una familia de Queens. Es decir, ya no se trata
de una réplica directa del mundo del que Leda proviene, sino de una familia de diáspora, de una
marca cultural desplazada.
La hija perdida no es exactamente una historia sobre arrepentimiento. Leda no dice simplemente
que se arrepiente de haber sido madre. Lo que aparece es mucho más complejo: culpa, deseo,
orgullo, angustia, amor, alivio. Ferrante no simplifica la maternidad, sino que la muestra como un
territorio lleno de tensiones.
El segundo caso del episodio lleva esa incomodidad a otro extremo: Yiya Murano, figura mediática
argentina conocida por haber envenenado a sus amigas con cianuro en los años setenta. El interés
acá no está puesto únicamente en el crimen, sino en el vínculo con su hijo. Martín Murano publicó
en 1994 el libro Mi madre, Yiya Murano, donde habla de la frialdad de su madre y de una supuesta
confesión de culpabilidad dirigida a él. La figura materna aparece entonces no como refugio, sino
como amenaza o como enigma.
El caso fue retomado por Marisa Grinstein en Mujeres asesinas y también por Leila Guerriero en una
crónica incluida en Frutos extraños. Más recientemente, la historia volvió a circular a partir del
documental Yiya Murano: Muerte a la hora del té, disponible en Netflix. Allí aparece una mujer que
niega, se defiende y construye su propia versión, mientras alrededor persiste la pregunta por el
vínculo con ese hijo que intenta narrarla y entenderla.
Las recomendaciones del episodio son, entonces, la novela La hija perdida, de Elena Ferrante; su
adaptación cinematográfica The Lost Daughter, dirigida por Maggie Gyllenhaal; el documental Yiya
Murano: Muerte a la hora del té; y la crónica de Leila Guerriero "Tres tristes tazas de té" en Frutos
extraños. Todos estos materiales tienen algo en común: no intentan tranquilizar. No vienen a
confirmar lo que ya creemos saber sobre la maternidad, sino a tensarlo.
Tal vez por eso estas historias quedan dando vueltas. Porque no ofrecen respuestas cerradas, sino
una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con todo lo que no entra en el ideal?




