Cuando dejamos de leer, ¿qué empieza a pasar?

12.09.2026
Cada vez que aparecen los resultados de las pruebas PISA volvemos a discutir números, posiciones y responsabilidades. Pero detrás de esos resultados hay una pregunta que merece más tiempo: qué lugar ocupa hoy la lectura en nuestra sociedad y qué puede pasar con una generación que crece rodeada de información, pero con cada vez menos tiempo para detenerse a comprenderla

Cada vez que aparecen los resultados de las pruebas PISA hacemos más o menos lo mismo. Miramos los números, vemos cómo le fue a Uruguay, comparamos con otros países y enseguida buscamos una explicación. Que la educación, que los docentes, que las familias, que los celulares. Después de unos días el tema desaparece y seguimos con otra cosa, hasta que aparece un nuevo resultado y volvemos a discutir.

Pero entre tantos números hay una pregunta que me parece bastante más interesante: ¿qué nos pasó con la lectura?

En PISA 2022, el 59% de los estudiantes uruguayos de 15 años alcanzó al menos el nivel 2 de competencia lectora, frente al 74% del promedio de los países de la OCDE. Dicho más sencillo, alrededor de cuatro de cada diez estudiantes uruguayos quedaron por debajo de ese nivel. Y solamente el 2% llegó a los niveles más altos de desempeño en lectura, frente al 7% de la OCDE.

PISA no pregunta simplemente si un adolescente sabe leer. Busca saber si puede entender un texto, relacionar información, encontrar una idea, evaluar lo que está leyendo y utilizarlo para resolver una situación. Leer no es solamente pasar los ojos por las palabras. Hay que entender qué dicen.

Y acá aparece algo bastante curioso. Nunca tuvimos tanta información disponible y, al mismo tiempo, parece que cada vez nos cuesta más sentarnos a leer algo durante un rato. Abrimos el teléfono y tenemos noticias, mensajes, redes sociales, comentarios, videos, titulares y documentos. Todo está ahí y leemos durante buena parte del día, pero muchas veces lo hacemos de a pedazos, entre una cosa y otra.

El problema es que leer de verdad necesita tiempo. Hay textos que no se entienden en diez segundos y algunas ideas necesitan que volvamos atrás. Un libro no se puede leer como quien pasa historias en Instagram y una noticia tampoco siempre se entiende con el titular.

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No creo que haya una sola respuesta para explicar por qué leen menos los jóvenes. Las pantallas cambiaron nuestros hábitos, pero también cambiaron porque nosotros las dejamos entrar en todos los momentos del día. Por eso no parece demasiado justo pedirles que tengan un hábito que los adultos tampoco siempre tenemos.

Entonces, ¿es nuestra culpa? Quizás no sea cuestión de buscar un culpable. Tal vez haya que preguntarse qué lugar le estamos dando a la lectura en nuestra vida diaria. Un niño también aprende de lo que ve. Si en su casa nadie lee, si nunca se conversa sobre un libro, una noticia o algo que se leyó, y la lectura aparece solamente cuando hay que hacer una tarea, es difícil que termine asociándola con algo más que una obligación.

Leer un libro obliga a otra cosa: a quedarse, a seguir una historia aunque al principio no nos atrape, a prestar atención y hasta a aburrirse un poco antes de que aparezca algo interesante. Quizás eso sea justamente lo que estamos perdiendo, no solamente el hábito de leer.

Las dificultades para comprender un texto después aparecen en otros lugares: en una noticia, en un contrato, en una explicación científica, en un trámite o en cualquier información que necesitemos entender. Si nos cuesta distinguir qué dice un texto, también nos cuesta saber si lo que alguien afirma es cierto, si falta información o si simplemente estamos frente a una opinión.

Por eso la discusión sobre la lectura no debería quedar encerrada en la escuela. Tiene que ver con cómo nos informamos y también con cómo pensamos. PISA puede decirnos cuánto saben nuestros estudiantes en determinadas áreas, pero difícilmente pueda medir qué relación tenemos con la lectura fuera del salón de clase.

Porque cuando dejamos de leer no desaparecen solamente los libros. También vamos perdiendo la costumbre de quedarnos un rato con una idea, de descubrir algo que no estábamos buscando o simplemente de hacernos una pregunta.

Y capaz que la pregunta más sencilla sea también la más incómoda: ¿qué nos pasó? Quizás el problema no sea solamente que los jóvenes leen menos. Quizás nos estamos acostumbrando todos a leer menos, a entender rápido, a opinar rápido y a pasar enseguida a otra cosa.

Si es así, tal vez los resultados de PISA sean apenas una parte de una historia bastante más grande: la de una sociedad que está perdiendo el tiempo necesario para comprender. Y cuando dejamos de leer, también podemos empezar a perder algo de la paciencia, la duda y la profundidad con la que miramos el mundo.

Por: Kevin Martínez
Por: Kevin Martínez

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