Heidegger y la muerte: ese último invitado a la fiesta de la vida

30.10.2026

La semana pasada a las cinco y cincuenta y seis de la mañana estaba escuchando la Cadena SER como parte de mi rutina diaria. Escuchar la radio y repasar las noticias es una de esas costumbres que tengo incorporadas. Unas horas después cerca de las siete y media mientras cambiaba de una señal informativa a otra llegué a un canal argentino. Allí informaban de la muerte de un meteorólogo de cincuenta y seis años.

Mi primera reacción fue casi inmediata: "Puf, qué injusticia".

No lo conocía personalmente. Sin embargo algo de aquella noticia me detuvo. En los homenajes que comenzaron a circular sus compañeros lo recordaban como un buen padre, una buena persona y un colega muy querido. Uno de ellos escribió una frase que se me quedó dando vueltas: «Pucha madre, los buenos se van».

Durante los días siguientes pensé bastante en esa expresión. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar la muerte? ¿Por qué sentimos que algunas personas deberían tener más tiempo? ¿Hay algo de justo o injusto en el hecho de morir? No encontré respuestas pero aquellas preguntas me llevaron a pensar en Martin Heidegger y en su obra Ser y tiempo publicada en mil novecientos veintisiete.

Heidegger propuso una idea que puede resultar incómoda: el ser humano es un ser para la muerte. No se refería simplemente a que todos vamos a morir. Su planteo va bastante más allá de esa certeza. Para el filósofo alemán la muerte es una posibilidad que forma parte de nuestra existencia y que nadie puede asumir por nosotros. Sabemos que llegará aunque desconozcamos cuándo. Es propia, intransferible e inevitable.

La mayor parte del tiempo vivimos ocupados en nuestras obligaciones, nuestros proyectos y nuestras preocupaciones. Organizamos la semana, hacemos planes para el año siguiente y pensamos en lo que queremos conseguir. La muerte mientras tanto suele quedar fuera de esas conversaciones. Sabemos que existe pero preferimos no incorporarla a nuestra vida cotidiana.

Para Heidegger reconocer nuestra finitud puede cambiar la manera en que vivimos. No se trata de obsesionarse con la muerte ni de pasar los días pensando en que todo termina. Se trata de comprender que el tiempo es limitado y que por eso nuestras decisiones importan. La conciencia de que no estaremos aquí para siempre puede llevarnos a preguntarnos si estamos viviendo de acuerdo con lo que realmente queremos o si simplemente seguimos el camino que otros, las costumbres o las obligaciones parecen marcarnos.

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Hay una diferencia entre saber que algún día vamos a morir y vivir siendo conscientes de esa posibilidad. La primera es una certeza que todos conocemos. La segunda exige detenernos y mirar nuestra propia existencia. Tal vez por eso la muerte de alguien cercano o incluso la noticia de alguien a quien no conocíamos puede sacudirnos tanto. Por un momento deja de ser una idea lejana y se convierte en algo concreto.

Días después de aquella noticia, a las once y cuarto de la mañana, me senté en un café durante un rato libre entre el traslado de una facultad a otra y la entrada al trabajo por la tarde. Mis jornadas son largas y mi trabajo también es agotador. Me levanto a las cinco y veinticinco de la mañana y muchas veces recién me acuesto cerca de las doce de la noche. A esa altura del día el cansancio ya pesa. Necesitaba sentarme un momento, tomar algo y ordenar algunas ideas que venía arrastrando desde hacía varios días. Volví entonces sobre Heidegger y su manera de pensar la relación entre la muerte y la vida.

Pensé en cómo muchas veces necesitamos que algo nos recuerde que el tiempo pasa para prestar atención a lo que hacemos con él. También pensé en la frase de aquel colega: «Pucha madre, los buenos se van». Hay en ella una forma muy humana de expresar la impotencia. Nos gustaría que la vida tuviera algún criterio de justicia. Que las personas buenas pudieran quedarse un poco más. Que la muerte esperara a que se cumplieran los proyectos y se dijeran todas las palabras pendientes. Pero no funciona así. La muerte no parece distinguir entre buenos y malos ni respeta nuestros calendarios.

Heidegger no ofrece una explicación sobre por qué una persona muere a los cincuenta y seis años ni pretende resolver el dolor que deja una pérdida. Su filosofía nos enfrenta con algo más elemental: nuestra existencia tiene un límite y no podemos delegar en nadie la responsabilidad de vivirla. Quizás la pregunta no sea solamente cuánto tiempo tenemos sino qué hacemos con el tiempo que nos toca.

Para quienes quieran profundizar en estas preguntas recomiendo acercarse al pensamiento de Martin Heidegger y especialmente a Ser y tiempo. No es una lectura sencilla, pero vale la pena detenerse en sus reflexiones sobre la existencia, el tiempo y la muerte.

La muerte es ese último invitado a la fiesta de la vida. No sabemos cuándo llegará ni podemos decidir si queremos recibirlo. Pero sabemos que está en algún lugar de nuestro horizonte. Tal vez reconocerlo sea una forma de tomar más en serio nuestra propia vida. Porque no tenemos todo el tiempo del mundo para vivir como queremos.

Por: Kevin Martínez
Por: Kevin Martínez
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