Para pensar: ¿Menos celular, mejor educación?

19.09.2026
Foto: Studio / Unsplash
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La decisión de prohibir los celulares en un liceo de Florida reabre una discusión que va mucho más allá de las aulas: cómo afecta la tecnología nuestra capacidad de concentrarnos y qué papel tiene la educación y también el ejemplo de los adultos en aprender a usarla sin depender de ella.

Estas semanas mientras cubría la agenda informativa, me encontré con una noticia que a primera vista podía parecer una más. En el Liceo N.º 2 Andrés Martínez Trueba, de Florida, resolvieron prohibir el ingreso de celulares durante la jornada educativa.

La medida busca mejorar la atención y la convivencia dentro del centro. Pero detrás de esa decisión hay una discusión bastante más grande que la de dejar o no dejar un teléfono dentro de un salón.

"No hay manera de que los chiquilines presten atención". Es una frase que escuché muchas veces. Como hijo de docente, me bastan los dedos de una mano para contar las veces en que apareció en una conversación sobre adolescentes, aulas y educación.

Y entonces aparece una pregunta bastante simple, aunque la respuesta no lo sea: ¿el problema son los celulares?

El celular ya forma parte de nuestra vida y no parece que vaya a desaparecer. Lo usamos para trabajar, estudiar, informarnos, hablar con otras personas y también para pasar el rato. Está con nosotros prácticamente todo el día.

El problema es que un adolescente puede estar sentado frente a un docente y, al mismo tiempo, estar hablando con alguien que está a kilómetros de distancia. Puede mirar un video, responder un mensaje o esperar una notificación. Está en el aula, pero su cabeza puede estar en cualquier otro lugar.

Sería demasiado fácil decir que todo el problema está en el teléfono. La falta de atención existía antes. Los problemas de convivencia también. Lo que cambió es que ahora tenemos una distracción permanente en el bolsillo y muchas veces ni siquiera tenemos que salir a buscarla: aparece sola, en forma de una notificación, un mensaje o un video.

Prohibir los celulares puede ayudar. Puede hacer que, durante algunas horas, los estudiantes tengan menos estímulos alrededor y puedan concentrarse un poco más. Pero tampoco parece razonable pensar que, sacando los teléfonos de los liceos, vamos a resolver los problemas de la educación.

Después de guardar el celular siguen estando las dificultades para leer, escuchar, escribir, mantener una conversación o concentrarse en una tarea durante un tiempo sostenido. Y quizás ahí haya una parte importante de la discusión.

Nos acostumbramos a que todo pase rápido. Un video dura unos segundos. Una noticia se resume en pocas líneas. Un mensaje parece pedir una respuesta inmediata. Pasamos de una cosa a otra casi sin darnos cuenta.

Pero tampoco sé si los adultos estamos dando siempre un buen ejemplo. Muchas veces les pedimos a los jóvenes que dejen el teléfono mientras nosotros miramos el nuestro durante una comida, una reunión o incluso cuando alguien nos está hablando. Les decimos que lean más, aunque nosotros también nos acostumbramos a consumir información de forma rápida y fragmentada.

¿Qué estamos haciendo con nuestra propia capacidad de prestar atención? ¿Cuánto tiempo podemos estar frente a un libro sin mirar una pantalla? ¿Cuánto podemos escuchar a otra persona sin sentir la necesidad de revisar una notificación?

No se trata de declarar una guerra contra la tecnología. Sería absurdo. Un celular puede ser una herramienta muy útil dentro de un aula: puede servir para buscar información, investigar, leer o trabajar sobre un tema.

Por eso, la discusión no debería quedar solamente en si los celulares tienen que estar permitidos o prohibidos en los liceos. También deberíamos preguntarnos qué queremos enseñarles a los estudiantes sobre el uso de la tecnología.

No tiene mucho sentido prepararlos para vivir como si el celular no existiera. Ese mundo ya no existe. El teléfono va a seguir ahí cuando salgan del liceo, cuando empiecen a trabajar y cuando tengan que tomar decisiones por su cuenta.

La educación debería ayudarlos a saber cuándo usarlo y cuándo dejarlo de lado. A entender que no toda notificación merece una respuesta inmediata. Que no todo video tiene que ser visto. Que no toda pausa tiene que llenarse con una pantalla.

Quizás ese sea uno de los desafíos más grandes: que un estudiante pueda apagar el celular no simplemente porque un adulto se lo ordenó, sino porque entiende que, en ese momento, hay algo más importante que merece su atención.

Si para conseguir que un estudiante mire al docente tenemos que quitarle el teléfono, quizás el problema no sea solamente el teléfono.

Quizás también tengamos que preguntarnos qué estamos haciendo nosotros con nuestra propia atención. Porque educar también implica dar el ejemplo también importa.



Por: Kevin Martínez
Por: Kevin Martínez

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