Las etiquetas políticas ya no alcanzan para explicar una realidad cada vez más compleja. En tiempos de polarización, el verdadero desafío no parece ser elegir un bando, sino recuperar el diálogo, los matices y la convivencia democrática.
Una pregunta frente a un libro: ¿qué son los hombrecitos con sobretodo de César Aira?

La edición de Mansalva reúne una historia breve y extraña, habitada por criaturas que aparecen de noche sobre los techos de un barrio porteño. Son pequeños, usan sobretodos viejos y se mueven entre la leyenda, el humor y una inquietante historia de fantasmas.
A veces alcanza con un título para despertar curiosidad. Eso ocurre con Los hombrecitos con sobretodo, de César Aira, una obra que parece anunciar desde su nombre una historia difícil de explicar. ¿Quiénes son esos hombrecitos? ¿Por qué llevan sobretodos? ¿De dónde vienen y hacia dónde van?
El título abre una escena que podría salir de un sueño, de una leyenda barrial o de una conversación entre vecinos insomnes. No parece una fábula infantil ni una historia de terror tradicional. Hay algo absurdo en esos personajes diminutos vestidos como adultos, pero también una zona oscura que se vuelve cada vez más difícil de ignorar.
Los hombrecitos existen. Al menos dentro del mundo que construye Aira. Miden alrededor de un metro, como niños, pero usan sobretodos viejos y anticuados. Son pequeños, aunque tienen algo de ancianos. De noche saltan y bailan sobre los techos de chapa, las cornisas y los sobretechos huecos.
Se los puede ver con la luz de la Luna o de los faroles y, si uno presta atención, también escuchar sus pasos: un sonido irregular, un "tam-tam" que acompaña sus movimientos. No se trata de una aparición fugaz. Los hombrecitos tienen volumen, caminan, saltan y hacen ruido. No son una proyección ni una ilusión pasajera.
Además, avanzan siempre en la misma dirección, hacia la esquina de Bonorino, como si siguieran una orden que nadie más conoce. Mientras tanto, algunos vecinos los observan desde sus casas. No saben exactamente qué están viendo, pero tampoco pueden dejar de mirar.
La explicación que circula alrededor de ellos es todavía más inquietante. Según una leyenda, son las almas de niños que murieron en incendios. Con el paso del tiempo envejecieron, pero nunca crecieron. Los sobretodos les hacen falta porque, al volver del fuego de sus historias a la noche de la realidad, sienten frío incluso en verano.
La imagen es trágica, pero el relato no se queda en el terror. Los hombrecitos no aparecen como fantasmas solemnes ni como criaturas monstruosas. Saltan, bailan y se mueven con una alegría inesperada. Tienen algo de espectro y algo de artista callejero; algo de tragedia y algo de juego.
Esa mezcla es la que vuelve difícil clasificarlos y, justamente por eso, tan atractivos. Pueden provocar miedo, ternura o una sonrisa incómoda. Son el recuerdo de una tragedia, pero se comportan como una pequeña compañía de saltimbanquis que atraviesa los techos mientras la ciudad duerme.
En Aira, lo extraño no llega necesariamente acompañado de una explicación definitiva. El lector puede preguntarse si esos seres son verdaderos o si la historia nació de una imaginación demasiado despierta. Pero el libro no necesita resolverlo todo. Le alcanza con instalar una imagen: un grupo de figuras pequeñas recorriendo los techos bajo la luz de la Luna.
La edición fue publicada por Mansalva dentro de su colección de poesía y ficción latinoamericana. Tiene 96 páginas y, por su extensión, puede leerse en poco tiempo. Sin embargo, la escena que propone queda dando vueltas mucho después de cerrar el libro.
¿Por qué marchan siempre hacia el mismo lugar? ¿Qué pasó realmente con ellos? ¿Por qué llevan sobretodos si parecen vivir en una noche de verano? ¿Qué recuerdan del fuego? Y, sobre todo, ¿qué clase de persona sería capaz de verlos y seguir durmiendo como si nada?
La literatura de Aira suele moverse en ese territorio en el que lo cotidiano empieza a perder estabilidad. Una calle conocida, unos techos comunes y un grupo de vecinos que no pueden dormir son suficientes para que aparezca algo imposible. El autor no necesita construir un mundo completamente diferente: le alcanza con alterar apenas el que ya conocemos.
Por eso Los hombrecitos con sobretodo no funciona solamente como una historia de criaturas fantásticas. También habla de la mirada. De aquello que aparece en los bordes de la vida diaria y que casi nadie se detiene a observar. De los ruidos que se escuchan durante la noche, de las sombras sobre los techos y de las historias que nacen cuando una ciudad queda en silencio.
Quizás el mayor mérito del libro sea conseguir que el lector imagine la escena con claridad. Una noche quieta. Los techos iluminados. El ruido de unos pasos diminutos sobre la chapa. Y, en algún lugar, varios hombrecitos que bailan con sus sobretodos puestos porque tienen frío.
En medio de tantas historias que buscan llamar la atención a los gritos, César Aira lo consigue con unos personajes de un metro, vestidos con sobretodos viejos, que cruzan los techos en silencio y avanzan siempre hacia el mismo lugar.
No se sabe si dan miedo, tristeza o risa. Tal vez produzcan las tres cosas al mismo tiempo. Por eso, frente a Los hombrecitos con sobretodo, la pregunta más honesta sigue siendo la misma: ¿qué es este delirio?




